Blanca Castillo

El zenit

A veces no concibo el sueño cuando de constelaciones en mi cabeza se trata, en ocasiones  Casiopea o que tal su hija la iluminada Andrómeda  tan feliz de encontrarse con Perseo,  aun la miro resplandecer por sobre mis pensamientos.  Pero nada como mi zenit nadie podría descifrarlo incluso nadie podría encontrarlo a menos que se pose sobre mi nariz y aun así jamás seria contemplado de la manera como lo hago.

 

Y es que a mí nadie puede hablarme de nereidas sedientas, ni de balames malditos,  puesto que mitologías no me mueven, solo las increíbles estrellas interconectadas en el cielo con sus historias salvajes, a pesar de no dormir cada noche sería imposible navegar sobre el suculento y escabroso  lago mitológico universal .

 

Después de todo uno siempre termina por dormirse cuando el miedo se hace presente hasta en el más mínimo detalle,  en el sonido cristalino del viento retumbar  la ventana floja de su marco, en el zapato acomodado de tal manera que sus agujetas parecen solitarias gigantes dispuestas a devorar cualquier cuerpo humano a su paso, el rechinar de los dientes escondidos en las fauces del ropero, todo empujando a la penumbra  del ocaso y proclamando de nuevo el alba.

 

Y las estrellas que forman dulces constelaciones  es lo único bueno que trae la noche, pero es cuestión de mirarlas y así saber que este espectáculo no es gratis, pues se paga con el silencio de la oscuridad,  hoy aquí estoy mirándolas por sobre la chirriante ventana, mientras me pregunto:

 

 ¿Quién puede perturbar mi único momento de soledad?

 

Suspiro llena de atavíos porque mi cuerpo se eriza al peculiar sonido que mis oídos reconocen ya como el adiós permanente,  mis ojos no logran responder; es por esta situación que nunca me he dado cuenta de que es aquello que invade mi espacio, mi soledad; no sé si sean las solitarias gigantes degustando mis pensamientos causándome un terrible dolor de cabeza  o el mal aliento de mi ropero que me hace permanecer en una atmósfera de putrefacción, lo que sé, es que últimamente me estoy acostumbrando.

 

No tengo nada, no tengo a nadie; así que no debería preocuparme esta sensación de opresión en el alma, opresión que va a acompañada del sutil frio que anuncia apresuradamente que el invierno  está de regreso, frio que permanece y no se va al llegar la primavera, que continuara su paso por aquello que nunca creí existente;  aquello que muchos llaman eternidad.  Así que cuando me encuentro rodeada de nada, añoro a la gente que se pasea con ese sonsonete falso al caminar pero si no fuera por ello no sabría distinguir entre la compañía y la soledad.

 

El cansancio me ha vencido,  solo puedo escuchar también sentir, sin moverme o si quiera mirar.

 

 Siento como mi cuerpo deja poco a poco mi lecho de manera inmediata, siento elevarme mas no logro abrir mis ojos, pero estos a la vez me proporcionan por sobre ellos una fulminante luz de la que desconozco su procedencia, escucho todo tipo de sonido metálico, voces extrañas que no logro discernir ¡Oh, de nuevo las solitarias!, ¿Por qué se nutren de mis pensamientos?

 

Siento como un pequeño cuerpo físico penetra por entre mis oídos provocándome un dolor inefable y esas voces graves, confusas; me figuran al alma más maldita que jamás he de conocer.

 

Siento como mi piel es abierta sin cuidado alguno pero a pesar del dolor no puedo moverme es como si me hubiesen paralizado el cuerpo  de tal manera que puedo sentirlo todo, como si quisieran torturarme pero, ¿Por qué? ¿Para qué?; Unas frías y largas manos siempre palpan cada parte de mi cuerpo buscando algo nuevo, ¡como si no me hubieran conocido ya!, como si no se cansaran de tomarme cada noche de mi existencia, sí; tengo la certeza que son varios pues se escucha como si discutieran. 

 

¿En qué lugar me encuentro? Quiero hacerme creer que en mi cama pues no quiero infundir más dolor del que ya padezco todo esto mientras mi boca es invadida por un objeto extraño que me extrae la poca saliva que aun reposa tan silenciosa cual mi voz, después de la exhaustiva ( a mi parecer revisión) siento como mi cuerpo se desvanece por entre un aire más amable, como llego hasta mis sabanas mitigando así la tortura, y solo me queda el temor de que la luz reine pues eso es el inicio  del saber que oscurecerá de nuevo por lo tanto de que volverá aquello que mis ojos no logran a ver.

 

Vendrán noche tras noche, hasta que mi cuerpo este totalmente acostumbrado al dolor físico y mental ¿Eso será bueno? ¿Podrá mi ventana dejar de hacer ruido?

¿Podré descansar un día?

 

 

Mitos, sigo sin creerlos más solo aprecio a los que sirven como mi alimento, aquellos que hablan de las estrellas y el cielo, Y es que a mí nadie puede hablarme de dolor o el frio tampoco de la putrefacción pues cada noche son mi cobija.

 

 Después de todo hacen sentirme menos sola dentro de mi propia habitación junto a aquel ropero, los zapatos y mi sed de gente. Pero ellos también tienen sed, por eso me buscan, me someten, me involucran en su juego  luego desaparecen dejando en mi cama un olor mortuorio, después al despertar miro mi cuerpo revestido en heridas sin sangre, cerradas.

 

Todas las mañanas me dirijo a donde la gente y no me siento extraña pues muchos llevan la mirada que tengo yo desde hace ya mucho tiempo, tal vez les ocurra también pero nunca me detengo a preguntarles, camino,  pienso en el único consuelo por la noche… ¡Oh las bellas constelaciones!, Tengo que pagar por verlas aunque su precio sea costoso, por sobre mi zenit puedo contemplarlas, cambiarlas de posición, quizá sea eso lo que molesto a los habitantes de los cielos y el espacio, pude haberlas girado tanto que muchos de ellos cayeron a la tierra muertos, ahora que es mi castigo pagar tantas muertes.