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monstruilia

de santos, escapularios y benditos



Y me quedo sentada con la mirada al frente con los ojos en la nada, evitando las palabras que algún día se tienen que decir, evitando las caricias que son del porvenir.

Entendiendo el olor a humo como realidad absoluta; Intrincada en mis memorias como marca de nacimiento, como código genético, como clase moralista de cuarto de primaria.

 

Escabulléndome en tus cabellos delicados de "dama oscura". Zambulléndome en tu mirada fría de mortal jugando a ser estoico, hay cosas que no se dicen que uno se guarda en la mirada, debajo de la lengua como droga no prescrita.

 

Tengo miedos como cualquier diosa de que su mundo quede a la deriva que sus palabras no se escriban y que no hagan libros de ellas, que sus creaciones alternativas pierdan el contexto de la vida;

Que la idea se extinga solo por no decirla

 Tengo ganas de enterrarte en la tierra de mis muertos, de sacarte una vez al año junto con la ofrenda a lo pasado, de buscarte en los textos como recuerdo difuminado…

Y no lacerante como las escamas que en mi propio pecho anidan.

 

Dejarte  impreso en el papel que se rompe, que se moja que se quema; O en la saliva que regalo; O los zapatos que  me quito.

 

Pero tengo ansias de gritarte de escupirte en la mirada. De decirte que no soy nada y tu tampoco lo eres aunque lo creas.

Pero entonces me doy cuenta que sin quererlo siempre te escribo, que no eres recuerdo que sigues vivo en la piel que cubre mis pechos…

Que subes y bajas como el más viejo de los sueños, como pesadilla infantil, como ansias de adolecente;

Como monotonía humana, como costumbre atrancada detrás de la puerta de tus ojos claros -en tu sonrisa lasciva-, en tus manos que hieren.

Y sin quererlo otra noche te hice un altar de palabras, que se quema con la veladora que anuncia mi falta de arrepentimiento por los pecados de este mundo.