Gerardo Barbera

EL ESPEJO DE SIEMPRE

Abro los ojos, miro el techo,

la misma cama de tantos años,

acaricio el borde del colchón,

todo es silencio y costumbre,

por fin, estoy despierto.

Ha llegado un nuevo día,

será una aventura iluminada,

tal vez escriba alguna canción

que de mi alma brote inesperada,

miro mi rostro en el espejo,

ahí, donde yacen mis esperanzas,

cuántas veces he hablado solo

mirando el mismo cristal cada mañana,

no soy el mismo, veo esa tristeza,

el espejo se ríe, el reloj anuncia el amanecer

al ritmo de las mismas campanas. 

 

Las mañanas en mi casa son tristes,

no hay niños, ni flores, ni siquiera un perro.

Aquí todo se ha convertido en sombra:

la sombra de la mujer que me amó,

el recuerdos de los hijos que viven lejos.

Soy la sombra del padre amable

 que llevaba a sus hijos al colegio,

soy el fantasma de un marido olvidado.

Sólo me queda este espejo viejo,

que ya no engaña a nadie.

Al atardecer caminaré como siempre

por las mismas calles,

seguro me encontraré a otras sombras,

nos saludaremos en silencio,

desapareciendo como las últimas gotas,

así, como mueren las tardes.