Diaz Valero Alejandro José

Dos cuentos, dos historias, un autor

LÁPIZ Y CREYONES (Cuento)

En un pequeño, pero alegre pueblo, llamado Escuela , vivía un señor muy vistoso llamado Lápiz. Allí lucía sus colores, a veces amarillo, a veces azul y otras veces rojo… Pero a pesar de eso, por dentro era muy triste; sus pasos eran oscuros, y pasaba gran parte de su vida enmendando sus pisadas y  borrando sus caminos. La señora escuela, aunque lo necesitaba y quería tenerlo a su lado, también necesitaba un poco más de alegría.

 

Un buen día llegó al pueblo un desfile de señores muy coloridos, al igual que el señor Lápiz, pero éstos a  diferencia de aquel, tenían su colorido por dentro y por fuera, y jamás borraban sus pisadas. Para ellos no había malos pasos, pues sus andanzas eran consideradas creatividad artística y no requerían ser corregidas. Nada estaba mal en ellos, todo era para ellos un divertido mundo de colores.

 

Desde ese día en aquel pueblo llamado Escuela, ya no hubo preocupación por el señor Lápiz, porque sus amigos los Creyones, llenaron el pueblo de alegría,  y juntos a él, vivieron felices, trazando cada uno,  sus diferentes caminos.

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EL AVE QUE NO MIGRABA (Cuento)

En un bosque poblado de árboles frondosos y tupidos arbustos, transcurría la vida entre el verdor de la naturaleza y el colorido de las aves; claro que ese colorido no era constante, pues en cierta época del año grandes bandadas de aves de distintas especies emprendían su vuelo migratorio y dejaban al bosque sólo, solo con su verde colorido convertido en amarillento paisaje de hojas secas que se resecaban por las inclemencias del sol veranero.

 

El bosque se quedaba casi sin aves, solo un ave no emigraba y lo seguía acompañando; esta ave estaba tan apegado al bosque que su imponente colorido era el fiel acompañante de aquel bosque que lo vio nacer y crecer junto a él.

 

Al volver la nueva estación incontables bandadas de aves poblaban el cielo de múltiples coloridos en su vuelo de regreso a disfrutar de nuevo la belleza del bosque y el frescor de la naturaleza que renacía.

 

Cada ave contaba los pormenores de su viaje, los sitios que había visitado, los ríos que había conocido, las montañas por donde surcó su largo vuelo, los pueblos que tuvo que atravesar y otras tantas experiencias que como turista natural vivió por algunos meses.

 

Solo el ave que no migraba estaba en silencio, pues no tenía experiencia de viaje que contar porque él no migraba; él había decidido convertirse en flor y compartir con ellas entre coloridos y fragancias, una historia sin viajes, pero en fin una historia, una historia bella por demás, que cada año la Flor del Ave del Paraíso le contaba a las nuevas flores, que iban brotando en cada primavera.

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