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Alfonsina G.

Hagamos las pases

Está bien, me rindo ante su belleza.

Quise culparla de inflamar mi dolor,

si bien es cierta su imparcialidad no ayuda mucho.

 

Con la boca abierta y los ojos como platos,

lo admito, su belleza es sin igual;

aún con su luz prestada logra sacar suspiros.

 

Al contemplarla las sonrisas vienen a los labios de los amorosos, que se quedan ciegos durante diez segundos

luego reanudan su marcha en el camino de huir del amor.

 

¿A quién se le habrá ocurrido ponerla ahí, tan al alcance de todos? Debió ser alguien feliz, porque los felices comparten

las maravillas que llevan en las manos.

 

¿Qué culpa tiene usted de que el amor cambie de lugar?

Sin embargo, se hace cómplice; crece donde quiera que esté el amor.

 

Donde el amor abandona, usted mengua.

Alfonsina G.