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María B Núñez

¡Tal vez si existan los fantasmas!

         

               Era un mañana calurosa de aquel viernes santo. Amelia la hija mayor de la familia Marcano Cruz, tendría para ese entonces catorce años, y siempre sentía mucho temor a los días de la Semana Santa, por ese motivo, Ella nunca quería quedarse sola ni por instante, en la vieja casona, y menos aún el viernes santo.

               Pero ese día, había querido echarse el miedo a la espalda, y muy dispuesta, le dijo a su madre, que ella quería elaborar el postre para el almuerzo, a la vez que con una risita nerviosa, le aseguraba, que ya no sentía miedo a los fantasmas, que según decían las leyendas urbanas, aparecían en el pueblo por esas fechas, para apoderarse de almas inocentes.

               Fue así, como la chica se dirigió a la cocina, con la intención de preparar el dulce, que luego todos comerían a las doce en punto del mediodía, pero antes, la familia debía elevar una oración, para darle gracias a Dios, según eran las costumbres de aquella localidad.

               Ya reunidos todos, y sentados alrededor de la mesa, Amelia se levantó para ir a la cocina, a buscar el postre, que según sus propias palabras sería una sorpresa. ¡Vaya que tenía razón… fue una verdadera sorpresa!
¡Al instante, se escuchó un alarido aterrador!, Seguido por un ruido de vidrios rotos, que hizo helar la sangre a toda la familia.

               Todos corrieron despavoridos a la cocina, para indagar el motivo de aquel grito terrorifíco, al llegar allá, quedaron estupefactos al ver el dantesco espectáculo, allí, tendida en posición horizontal, y suspendida del piso oscilando, se encontraba el cuerpo de Amelia, quien tenía los ojos desorbitados, la lengua se le veía de un tamaño descomunal, y le colgaba de un lado de la boca, su piel estaba de color cenizo, y todo el ambiente impregnado de un fuerte olor sulfuroso.

               La madre al ver aquello, corrió hacia su hija, pero al tratar de tocarla, la niña comenzó a girar con fuerza desmesurada, al tiempo que emitía unas indescriptibles frases, que taladraban los oidos de los allí presentes.

               Una vecina de nombre Josefa, llegó con una botella de agua bendita, y un viejo crucifijo de madera, pero al intentar acercarse a la jovencita, cayó como fulminada por un rayo. ¡De pronto! Todos guardaron silencio, al observar que del cuerpo de Amelia, se desprendía una nube de humo gris, y que al irse diluyendo, la misma lanzaba gritos escalofríantes, al tiempo que la muchacha caía aparatosamente contra el piso, lanzando un ronco gemido de dolor, a la vez que sus cabellos, uñas, dientes, y toda su piel, se derretían como si se tratara de frágiles velas de cera.

               Todos estaban atónitos, y no se atrevían a moverse, sólo contemplaban aquel dantesco espectáculo, con los ojos a punto de salirse de sus cuencas, ¡de repente! Un relámpago seguido de un ensordecedor trueno, dejó toda la casa sumida en tinieblas, sólo un débil rayo plateado, que nadie supo identificar de donde provenía, estaba posado sobre aquella especie de masa gelatinosa, en que se había convertido la inocente criatura, y donde apenas se le podían identificar sus inmensos ojos abiertos, ya carentes de vida.

               Poco a poco, comenzó a desaparecer el nauseabundo olor, los truenos cesaron, y como por arte de magia, volvio a brillar la claridad del día.

               Amelia tenía un diario secreto, que solo fue encontrado después de su desaparición fisica, y donde ella había descrito, exactamente la manera como sería su muerte, son cosas que suceden, y para las cuales no hay ninguna explicación lógica.

Según la opinión de los estudiosos de estos fenómenos, solo se puede especular… : ¡Tal vez si existan los fantasmas!


María B Núñez