Frank Carlos

Naufrago

Tu nombre a veces me recuerda a una mujer herida, solo entonces la más tenue caricia puede perderte para siempre.

 

En la ladera estás

de la montaña inmensa

imponente con tus manos de paloma,

efímeras, dulces y copiosas

duermes el duende

que en mis sueños

agita un fuego incesante

desbastador aun invisible,

de tus caderas caigo

descolgado al vacío

de tu ausencia.

 

Consigo sobrevivir

y asirme a tu tempestuosa tarde

una vez más

el volcán sigue abierto

y la lava hiriente

de tu no, aturde mis oídos

una y otra vez golpeas

incesante, el duende viene

y va,

solo, cabizbajo, tenue

a tus plantas herido por Morfeo

lo recojo.

 

Por un instante duermo

las fuerzas me abandonan

callas,

entre tus silencios periódicos

insisto en reponerme

las alas de penacho blanco

hirsutas al cielo enfiladas

atrofian mi garganta

con la de tu grandeza,

un punto en la soledad soy

un efímero ser dislocado

en tu galaxia de sal

la desdicha me arrincona

la impotencia me detiene

en su cárcel,

y tu eres el medio.

Ya imposible de vencerte

me abandono

y me devuelves otra vez

sin misericordia

a esta playa blanca,

mar.