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Mar�a Nicolasa de Helguero y A



La esposa en la ausencia de su amado



¡Infausta noche oscura
en que mi amable Esposo se ha ausentado!

Por gozar su hermosura
dejaré patria, casa y pueblo amado;
herida de su amor salgo a buscarle,
y no he de descansar hasta encontrarle.

Como divina esencia
estás presente; poderoso, en todo;
pero vuestra clemencia
suspendéis, ¡oh, Señor!, y de tal modo,
que celoso de mí, Dueño querido,
para probar mi fe te has escondido.

Cual el ligero ciervo
huiste de mi vista presuroso,
y del tormento acerbo
mi pecho siente el golpe riguroso.

Más me esfuerza el amor, Dueño Divino,
y no temo los riesgos del camino.

Este desierto triste,
donde faltan de flores las alfombras,
y solamente existe
el horror pavoroso de las sombras,
a los ayes que doy, ¡dolor terrible!,
parece se conmueve, aunque insensible.

No estorbes, alto monte,
los pasos de esta amante peregrina
que deja tu horizonte
y a buscar a su Esposo se encamina.

¿Y cuándo encontrará mi fiel afecto
a mi Bien, a mi Luz, a mi Dilecto?

¿Si oyendo los balidos
de sus ovejas, a quien tanto ama,
estará en los ejidos,
pisando de los campos verde grama?

¿O en las altas nevadas serranías
compadecido de las ansias mías?

¿Si en sencillas aldeas,
fuerza de las ciudades y bullicio,
donde en tantas tareas
el útil labrador cumple su oficio?

Allí podré encontrar mi Rey augusto,
que fija en la humildad su trono y gusto.

Zagalas que en apriscos
cuidadosas guardáis vuestro ganado:
pastores que estos riscos
tantas veces habéis atravesado,

¿habéis visto al más bello peregrino,
que siendo humano tiene ser divino?

Verde prado frondoso,
matizado con tanta margarita,
¿descansó en ti mi esposo,
cuyo inmenso poder no se limita,
del Padre resplandor puro, brillante,
que antes fue que el lucero, y es mi amante?

Fresca, agradecida fuente,
que aumentas de estos valles la hermosura,
detén a tu corriente
y de mi pecho templa la amargura;
formando el cristal brillante espejo
en el que de mi bien vea el bosquejo.

¡Oh memoria!, ¡oh memoria!,
no aumentes con recuerdos mi tristeza;
me falta aquella gloria
que el Amado me daba con fineza;
dichosa con su vista descansaba,
y su aliento divino me animaba.

Apreciable tesoro,
precioso, eterno, bello y exquisito,
al rendido adoro,
por ser prenda de Vos, Dios infinito:
mis ojos no te ven, te has ocultado,
mas en ti el corazón tengo fijado.

A la tórtola amante
que en rama seca triste está gimiendo,
pero fiel y constante
desvíos de su Amado padeciendo,
excedo en el dolor, estoy herida,
y ausente de mi bien, pierdo la vida.

Las bellísimas aves
que alegres cantan al rasgar la aurora,
dejen músicas suaves,
suspendan la armonía por ahora
que el increado sol que vi en Oriente
ha escondido su luz resplandeciente.

Vuele el céfiro blando,
llegue veloz a darme algún recreo,
y del que estoy buscando,
a quien amo, a quien sirvo, a quien deso,
toque con suavidad las tiernas huellas
que el Amado estampó con plantas bellas.

¿Adónde entre las flores
sosegará mi Bien la meridiana,
gozando sus amores
el candor puro de la azucena ufana?
Mi Dueño, ¿adónde estás, adónde moras?
De tu ausencia, Señor, cuento las horas.

Todas las criaturas,
a quien disteis el ser, Rey soberano,
y son diestras hechuras
de vuestra liberal divina mano,
aunque unidas concurran a aliviarme,
no es posible que puedan consolarme.

La tempestad terrible
acrecienta las sombras dominantes,
el rasgo más temible
amenaza a mi vida por instantes;
el iris aparezca de bonanza,
pues en él solo tengo mi esperanza.

¿Cuándo aquel verde ramo
la paloma traerá de sacra oliva,
y el Dueño a quien yo amo
aliento me dará para que viva?

Ven, mi Bien; ven, Señor, y sea luego,
y cesará el diluvio en que me anego.

Romperé las fronteras,
surcaré ansiosa procelosos mares;
con quejas lastimeras
penetraré las fuerzas militares:
circundaré la tierra, siempre estable,
que me esfuerza un amor que es admirable.

Llorosa doy las señas
del bien Amado, cuando así padezco;
en poblados y en breñas
pregunto por la luz de que carezco.

Como no me responden, se acrecienta
el poderoso amor que me atormenta.

Oí la voz del Dueño,
cuyos ecos mi pecho liquidaron.

Llamé y con gran ceño
los guardias me siguieron y ultrajaron;
las del muro, aumentando mis asombros,
el palio me quitaron de los hombros.

De Sión nobles hijas
que habitáis en su centro venturosas,
a mis penas prolijas
mitigad con noticias amorosas.

¿Habéis visto en Salen mi Esposo amado,
rubio, perfecto, blanco y encarnado?

Sus labios agraciados
derraman suavemente la dulzura;
son bienaventurados
los que dichosos gozan su hermosura:
camina vencedor, y va con palma,
llevando en pos de sí toda mi alma.

Penetró mi fiel pecho
tu saeta sutil, dueño adorable,
y habiendo el tiro hecho,
te alejaste de mí, bien inefable.

Desfallezco, Señor, muero de amores;
las manzanas me cerquen, y las flores.

Vuelve, vuelve a los lazos
que finamente fuertes aprisionan:
descansa entre mis brazos,
si deliquios amantes te enamoran:
cesen iras, aparta los enojos,
vuelve a mirarme, vuelve a mí tus ojos.