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Yolanda Blanco



Encuentro inesperado con Alejandro en Times Square



Pues sí,
sigo y me veo igual.
No me han cazado.
Lo arisco aún me dura o el parapeto sigue conmigo.
Todavía corcovea mi cuerpo a caballo
y oigo boleros, trajino diccionarios,
las serenatas bullen dulzonas en mis oídos
y sumo y multiplico (muy lejos el dividir o el restar).
¿La misma todavía, idéntica Yolanda?
Digo, es mi decir.
Pero, ¿a tus ojos igual?
¿A la luz de diez años igual?

Dándoteme en exacta palabra,
digamos que ya los años comienzan a trabajarme:
ve mi copete, mi pava con canas
ve esta línea rondándole a mis ojos,
-perceptible pata de gallo si hay luz brava-
¿soy yo la tu muchacha apretada a tu abrazo?
¿Quepo en tu idea de mí?

De por medio: carretas de días acontecidos,
distintos soles, separadas nubes,
muy otros los acentos,
ajenos el pan, la mesa de estudio
y ni un asomo que afiance o aleje.

Muchacho que fuiste amarrado a mi baile,
¿es éste el mismo bolero?
¿es ésta aquella guaracha?
¿Soy yo, sos vos?

En el haber tenemos:
las fiestas de la U.N.A.N.,
las guitarras que abrazamos,
esos rones y textos preguntados,
el Coyolar, el atrio de Zaragoza,
León entero.
Ayer en León, vos y yo.
Vos, funcionario sandinista,
yo, oficiosa de la palabra.

Y tanto ¡ay! que nos reclama:
mi lunar de canas,
tu mujer, tu panza indomable
y esta nunca más siempreverdeante juventud
                                                  desdibuján
                                                                        do
                                                                                nos.