Prólogo de El gravitar del Agua

Teresa Domingo CatalàGiovanni Papini decía angustiado: “tenemos muy poco hilo que desmadejar, leve aire para respirar, pocas bocas para besar, pocos instantes para crear”. Más drástica es Teresa cuando afirma: El odio a la mañana y los relojes / es tan fiero, tan denso, tan cautivo. / No soporto su ritmo y su textura. Y, sin embargo, uno y otro con sus palabras no hacen sino prolongar el lenguaje mítico con el que el hombre intenta vencer la angustia ante el Tiempo, angustia a la que convergen y se reducen los entramados psicológicos, ideológicos, económicos y sociales en los que nos hallamos imbuidos todos nosotros.

Y es precisamente el Arte, en especial la Poesía, la que permite al lector satisfacer el deseo de acceder al Tiempo originario en que la Muerte no ha sido aún inventada por los dioses del Mal, ya que el arte, la poesía, transgrede las leyes del tiempo, y por tanto de la muerte. No hay duda de que una de las funciones de la poesía consiste precisamente en anular ese tiempo personal que nos va aniquilando lentamente, y en recobrar, a cambio, la intemporalidad de los comienzos, lo mismo ahora, principios del siglo XXI, como en la Hélade de Pericles.

Teresa, aunque ha escrito prosa y teatro, es poetisa. Hoy día existe una cierta prevención hacia esta forma lingüística, prefiriéndose la de poeta, pero quisiera reivindicar la primera no sólo porque, como opina Manuel Seco, sea una palabra compacta y cómoda sino porque a través de esta terminación entronca con palabras como sacerdotisa que es un arquetipo con el que siempre he asociado a Teresa.

Se define a la sacerdotisa como “mujer que realiza rituales, sacrificios a los dioses y cuida del templo”. Lo mismo el ejercicio de la poetisa: mujer que lleva a cabo rituales con la palabra y también sacrificios a los dioses, sólo que en este caso lo que se sacrifica son las criaturas que engendra lo más profundo de la propia identidad que unas veces es la faz más oscura y otras la más lumínica en una dinámica de perpetuas paradojas que van alimentando el fuego de este templo a la Poesía que existe desde los orígenes de la humanidad y del que Teresa es una de sus mayores sacerdotisas porque exhibe el virtuosismo técnico de los grandes oficiantes de la Poesía, pero más todavía porque es pura sensualidad y pura mística.

Y lo es porque está a salvo de una de las enfermedades que por desgracia más nos aquejan en la actualidad. Este mundo en el que aparentemente todo lo dominamos y consumimos sufre una pandemia de alexitimia: somos muchos los que nos debatimos entre las fiebres por reconocer y poder expresar de una forma adecuada y completa nuestros sentimientos, sin casi nunca lograrlo o, como mucho, sólo nos acercamos a ellos de una forma vaga y estereotipada, sin entidad alguna. Pero Teresa No. Pocos como ella logran expresar todo el complejo mapa de imbrincados caminos y paisajes de la tierra de los sentimientos.

Y lo logra en primer lugar por esa enorme autenticidad que genera todo un abanico de paradojas preñadas de un potencial humano y estético inmenso. Teresa es la paradoja plenamente consecuente. En el mundo poético de Teresa, se percibe con absoluta contundencia la amalgama de sentimientos como el dolor, la soledad, el miedo, la angustia, la presencia del mal, la enajenación, la huida… pero también la lucha, el ansia de libertad, el amor y el desamor, la madre, la pasión, la conciencia ante el Tiempo y la Muerte con los que va configurando no sólo su propia identidad, sino la de cada uno de sus lectores.

Sus imágenes rotundas, libres y sugestivas nos transportan a los más recónditos suburbios de nuestros miedos y pasiones. En este poemario todas las imágenes, las simbologías y alegorías en que se manifiestan los fantasmas de su autora convergen hacia una realidad que es la única constante, el gravitar del agua, el gravitar del Tiempo.

La inevitable conciencia de que el Tiempo deviene y nos acerca al final de la vida, la muerte, se traduce en una serie de imágenes y símbolos que vienen a representar los rostros con los que el Tiempo se hace presente en la obra de la autora. Hallamos presentes símbolos teriomorfos, animales que sugieren esa amenaza del tiempo, el acecho de la desintegración, el peligro y terror de la muerte, animales caninos como el coyote, los perros, o todo símbolo mordicante que devora, como Cronos a sus hijos: El coyote se pierde en el desierto / y devora las flores disecas; pero también surgen los símbolos nictomorfos con las turbadoras imágenes de las tinieblas y la oscuridad y, por último, los símbolos catamorfos, los símbolos de la caída. Toda esta simbología al servicio de lo que Gilbert Durand denominó Régimen Diurno en el que el tiempo se constituye en el gran enemigo contra el que hay que luchar.

Desde el primer poema, una imprecación angustiada, a no se sabe quién, va creciendo a lo largo del poemario, clamando por la desaparición del día en un desesperado intento por continuar sumergida en el cobijo de la noche. Precisamente las tinieblas nocturnas constituyen el primer símbolo del Tiempo. Ante él se eleva un largo lamento que nace del dolor que le provoca la luz de la mañana y que trascienda lo humano llegando a las profundidades de la ignominia que expresan imágenes escatológicas en las que se revuelca el sufrimiento atormentado.

La identidad de la poetisa viene simbolizada en seres indefensos que son aniquilados, devorados por el tiempo: Seré ciervo que triste deambula […] y muere devorado por los buitres. Asimismo, se proyecta también en la imagen del árbol que ancla sus raíces en la tierra lo que le impide huir de la mañana, pero a la vez se halla identificada con la oscuridad, tal como trasluce la siguiente imagen bellísima: Salpicada de rosas y musgo / me alío con la oscuridad primera, / con un baile y un deseo devastado. Por otro lado, se reconoce en las aguas: Soy un espejo de aguas turbulentas, […] Y soy también el río de la lluvia. Unas aguas en las que encontrará el medio para vencer la angustia ante la conciencia de Temporalidad.

La voz poética de Teresa intenta combatir ese dolor con símbolos ascensionales, vampiros, alondras, vuelos. Pero desde el principio es ya consciente de que únicamente los elementos del Régimen Nocturno le permitirán vencer esa angustia lacerante. En él las imágenes responden a procesos de eufemización e inversión de valores. Aquí la muerte queda eufemizada en reposo eterno. La tumba es cuna, lugar para un nuevo nacimiento. Son los símbolos místicos que disfrazan el tiempo para que deje de existir como una amenaza. Las aguas constituirán el primer símbolo de inversión. Las aguas profundas sugieren la necesidad del descenso, la penetración de un centro, la idea del retorno, del consentimiento a la condición temporal. El descenso invita a una transmutación directa de los valores de la imaginación, por lo que ese descenso es también un camino hacia lo absoluto. Se desciende para remontar el tiempo y volver a encontrar la calma prenatal. Pero a Teresa esas primeras aguas se le resisten aunque luego, cuando surgen, se derraman en todo su potencial, aunque en ese momento el descenso corre el peligro de convertirse en caída y la caída condensa los aspectos temibles del tiempo. El vértigo es una llamada brutal de nuestra humanidad que presenta condición mortal. Aquí el título de este poemario, El gravitar del agua. En él parece evidente el símbolo catamorfo de la caída, imagen solidaria del símbolo de lo nocturno: Caerán las estrellas y la luna, / caerán en precipicios abisales. El esquema de la caída no es nada más que el tema del tiempo nefasto y mortal, moralizado en forma de castigo, así todas las caídas bíblicas desde la del príncipe de las tinieblas, hasta la de Adán y Eva. Sin embargo, llegará la paz al comprender que de la caída acuática se renace: Y si es la espuma amiga de la muerte / como Afrodita naceré del mar / y mi madre serán las Musas muertas.

Más adelante empiezan a surgir los elementos cíclicos que representan la actitud psíquica preñada de una sintaxis de repetición del tiempo. Se trata de vencer a Cronos domesticando el porvenir. Es la idea del eterno retorno. En este caso, la angustia ante el Tiempo desaparece no porque se la ignore sino porque se acepta como un proceso natural constituido por diversas fases que implican la perpetuación de la vida para siempre por la muerte y que a toda muerte le sigue una regeneración.

Aunque Teresa muchas veces concibe lo cíclico como una trampa en la que lo único que retorna es el dolor. Y el dolor más profundo no es el de la propia aniquilación sino la pérdida del ser más amado: Madre, ¿por qué te fuiste sin un beso / que me anclara a la claridad del día? La muerte de la madre la abandonó a la vulnerabilidad de la propia muerte: Ella fue mi maestra de bambúes, […] Ahora siento el vértigo del caos.

Pero al fin será precisamente el amor –término tan banalizado por el uso y abuso, pero que Teresa renueva en su autenticidad- lo que la llevará a aceptar el Tiempo y con él la Muerte en el marco de un proceso cíclico: Y un día de estos años seré tierra, / reconciliada con el fango negro / que cubra mi esqueleto con amor. El amor no vence a la muerte, pero es una “apuesta” contra el tiempo y sus accidentes. Por el amor vislumbramos en esta vida la otra vida, no la vida eterna, sino la vivacidad pura. Recuperación de la totalidad y descubrimiento del yo como totalidad dentro del Gran Todo. Por eso, las imágenes poéticas transforman a la persona amada en Naturaleza. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. El amor no es la eternidad, no nos libra de la muerte pero nos hace verla a la cara.

Se acepta finalmente que es el Tiempo lo que le otorga su identidad más auténtica: La gata silenciosa se abalanza / sobre el lecho espiral de los relojes, / y es el tiempo la esencia de sus uñas. A pesar de no esperar una pervivencia posterior: Los ojos de la muerte no me asustan, / y sus cuencas vacías me consuelan / pues vacío estará allí el otro mundo.

Llega a desear la muerte porque comporta el fin de su sufrimiento en la vida: al menos para mí será el fin / del horror de la vida y de la angustia. El Tiempo es el que finalmente vence: vencerán los caimanes y sus bocas / en un vil aquelarre de los huesos. Es la paradoja de que sea en la muerte en quién encuentre el último consuelo: La muerte es el consuelo de los vivos, / último transitar en la penumbra. Tal vez, porque la muerte es el límite donde afloran todas las pasiones humanas, donde el hombre se reconoce por fin porque se ve obligado a enfrentarse a verdades a las que ha de responder, sin evadirse, actuando. Es el choque de la vida y la muerte. Eros y Thánatos en un pulso por vencer. Amor y Muerte son las dos fuerzas en conflicto que generan el acto creativo. Cuando se acepta la condición de temporalidad del ser humano se percibe otra forma de existencia en la que entran en comunicación los tres mundos: el sobrenatural, el humano y la naturaleza. Al nacer fuimos arrancados del Absoluto y en la actividad creadora y el amor nos sentimos regresar a la Totalidad original.

A pesar o precisamente a causa de la continua presencia de la Muerte, los versos de Teresa son profundamente vitales, primarios y trascendentes a la vez. Naturaleza y espiritualidad, pansexualismo divino y todo en ese entrelazado de imágenes paradójicas que se adentran en el caos mismo de la experiencia humana y que asientan su ara poética, altar en el que se sacrifica a sí misma en una ofrenda que alcanza a salvarnos de nosotros mismos.

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