NOBIS, de Juan Ramírez Biedermann

NobisFue presentado al público el libro Nobis, de Juan Ramírez Biedermann. El material literario salió a la calle gracias al apoyo de Fondec.

Hay en los cuentos Nobis una lectura bastante fiel de la realidad que nos toca vivir, en los últimos tiempos, a los paraguayos. Ramírez Biedermann pinta un barrio, Las Mercedes, y en su pintura literaria, se puede ver una sociedad en plena decadencia.

Es muy importante que los jóvenes escritores sepan reflejar la sociedad paraguaya, con el estilo que les parezca pertinente.

Considerando el lenguaje limpio de fallas ortográficas y de errores de sintaxis, se puede decir que la obra ya tiene mucha ventaja a su favor. Se nota a simple vista que el autor posee oficio. También se nota que maneja con madurez el cuento. ¿Y qué nos dicen sus cuentos? Pues nos dicen o nos hablan de un ambiente donde la moral está carcomida hasta los huesos, y donde las esperanzas de los hombres y de las mujeres tienden de un hilo muy flojo.

Superando esa visión tan concreta que suelo hallar en el estilo escritural de algunos cuentistas, Juan Ramírez Biedermann se luce con creces en su cuento final llamado “Los lugares”. Todo en la obra es suposición y derroche de ánimo cansino. Los laberintos literarios de “Los lugares” son un verdadero logro artístico. Cada frase en su lugar, cada inquietud en su adecuado sitio, cada cansancio en su esquina, cada hilo conductor de ideas en la circunstancia indicada, son los referentes de la obra de este joven cuentista que ya tiene muchos premios literarios en su camino.

Por otra parte, el punto de vista político, humano, ambiental es incorporado a sus narraciones.

La estructura sencilla, libre de frases complicadas y de situaciones engorrosamente torcidas, hace posible una rápida lectura del material de marras. La combinación del pasado y del presente en el barrio Las Mercedes es tratada con excelente habilidad por el autor de Nobis.

BREVE RESEÑA DEL AUTOR: Músico (miembro de Eyesight y de la legendaria e internacionalmente reconocida Sabaoth), abogado, narrador, nacido en Asunción , Paraguay, en 1976. Cuenta con publicaciones literarias, colectivas e independientes, desde el 2002.

LOS RINCONES

Una línea fulgurante parte en dos la habitación. Se levanta un mural de chispas que parece dejarle ciego. Una cortina de polvo se estremece en aquella luminaria. Hay sombras que se escurren hasta desaparecer en los rincones.

Ella se detiene con la mano en el picaporte. Lo suelta sólo para bajar la maleta, con innecesario esmero. Él, todavía sentado en la cama, siente la marea de la colcha bañándole el ombligo. Por un instante todo es quietud; el olor de las sábanas se mezcla con el de las entrañas del cenicero; la respiración de ambos se torna perentoria; afuera el viento sopla suave como en todo mayo.

Entonces él siente que los parpadeos le están devolviendo la vista, y resignado, inerme, la ve extender el brazo izquierdo con una lentitud marcada por la indecisión. En ese momento contempla cómo ella, sin atestiguar el acto y ni siquiera ladear la cabeza, acaricia la cuerda para después recobrar la postura. Salta una nota como quemada por las yemas. A él eso le basta para saber que esta vez ella no volverá, que nunca más la tendrá consigo, que al abrir los ojos no estará dándole la espalda, respirando con esa tersura húmeda y caliente, los mechones derramados sobre los hombros, las pecas como motas de canela salpicadas en leche. Ese gesto será suficiente para intuir que ya no mirará por sobre la sedosa serranía de sus contornos; la cortina detrás, el viento azotando la muselina, metiéndose alocadamente. Y los dos acurrucándose, liándose en un enredo de terciopelo; el mundo en penumbras, los suspiros revoloteando sobre la cama, y él explorando en sus laberintos, acariciándola como quien palpa una burbuja, probando su piel con el borde de la mejilla, con la punta seca de los labios, recorriendo la hoja en blanco de su espalda, dibujándole cosas con las yemas: un ramo de flores, un bombón, una cadenita con vaya uno a saber qué dije; todo lo que jamás le regaló y que ella negaba desear, pero que en el fondo nunca pero nunca fallaría.

En ese segundo comprende que ya no volverá a escribirle sobre los brazos, lo mucho que la quiere, las cosas que olvidó, todo lo que se odia por tenerla así, los mil perdones; escribir por escribir, releer y volver a empezar, para luego bajar definitivamente, cruzar las caderas y reír al dibujar sonrisas sobre esa trama sonrosada, llena de pelusas y secretos. Y ella espantándole como si fuera un mosquito, rogando por todos los cielos que la dejase dormir; y el otro estallando de euforia, poniéndole la pierna encima, cruzándole el brazo sobre el vientre, mordiéndole la oreja, dándose cuenta de que todo es perfecto, engañándose con que podría ser eterno.

En ese paréntesis, al escuchar la nota, él sabe que jamás volverá a cantarle nada, que nunca más ella le pedirá canciones viejas y rebuscadas, que la guitarra quedará ahí, por siempre, parada sobre una silla con el clavijero contra la pared. Sabe que ésa es la última de las notas, el epílogo de una sinfonía de años, el recuento de un universo convertido en final.

Ella parece esperar que cese el sonido, que la cuerda se calme hasta dormir, rígida. Él no tiene palabras, no sabe cómo pronunciar lo que está hecho de silencio. La puerta se abre. Ella es devorada por el rectángulo de luz que baña la habitación. La puerta se cierra. Hay sombras que retornan desde los rincones.

Juan Ramírez Biedermann

Escrito por Delfina Acosta en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)

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