LlaneroOctava parte de la novela corta “Llanero”, por Teresa Domingo Català.

Mi madre era la hija del recogedor de los deshechos. Mi abuelo no tuvo más hijos que mi madre. Él se encargaba de ir con una carretilla, casa por casa y quemar los desperdicios cerca del cauce del río Seco. El mismo oficio había tenido su padre y también el padre de su padre, porque así son las cosas en Llanero.

Es curioso que se llame así el pueblo estando en lo alto de una montaña, ¿verdad? Nadie sabe quién le puso el nombre, se cree que fue un reverendo, cuando todavía vivían curas en este lugar. Ahora no hay ninguno, nadie aquí cree en Dios. O casi nadie. Quien cree se lo calla, porque no está bien visto que se sea religioso.

Desde los quince años mi abuelo cargó con la carretilla. Era un trabajo duro, pues soportaba al tirar mucho peso, y debía hacer varios viajes durante el día. Tenía que subir y bajar la cuesta de la ladera, hasta amontonar una cantidad considerable de basura, los desperdicios diarios de todos los vecinos. A mí me gustaba ir con él a ver el fuego pero mi madre no me dejaba. Consideraba que era peligroso para una niña salir de noche, pues la hoguera era prendida en la oscuridad. Mi abuelo dejaba que las ascuas se apagaran solas, y traía la ceniza para que la abuela fabricara jabón. El jabón que elaboraba mi abuela se usaba en todas las casas de Llanero.

El olor de la porquería y el del humo llenaba la casa. Por mucho que mi abuelo se lavara era imposible quitar la peste de la casa. Mi abuela se mataba a lavar y a fregar, llenaba las habitaciones con romero y con tomillo, pero era inútil.

Tuvieron a mi madre cuando ya eran muy mayores. Casi habían perdido la esperanza de tener hijos, pues mi abuela estaba por cumplir los treinta y cinco, y no había ninguna mujer en Llanero con esa edad que no tuviera dos o tres hijos. Tuvo un embarazo difícil, estuvo postrada desde los tres meses hasta el nacimiento de mi madre, y mi abuelo reclamó la ayuda de una de sus hermanas, para que les lavara la ropa, cocinara, y en general, para que la casa no sufriera un colapso catastrófico.

Mi abuela tenía todos los síntomas de un embarazo complicado. Vomitaba, tenía cefaleas, insomnio, y a pesar de hacer reposo, pequeñas pérdidas de sangre. A nadie se le ocurrió llevarla a la Ciudad para el parto. A Llanero se entraba naciendo y se salía con los pies por delante. Mi madre casi murió en el parto, la hermana del abuelo la atendió, junto con una partera muy experimentada, y entre las dos impidieron que el bebé fuera directo a la tumba. Mi abuela la amamantó. Fue un bebé muy delicado, que enfermaba con cada soplo de aire. Pero cuando dejó atrás los cinco años, se fortaleció y su salud pasó a ser la envidia de este pueblo. Quizá todas las enfermedades se conjuraron para atacarla cuando más indefensa era, y de haberlas sufrido su cuerpo cobró tanta salud que no había virus alguno que pudiera con ella. De hecho mi madre no murió por culpa de ninguna enfermedad sino de un accidente desgraciado y tonto.

Ella aprendió pronto las labores de la casa, y desde muy jovencita se acostumbró a trabajar duro. Era limpia, ordenada y hacendosa, como debían ser las mujeres, pero siendo la hija del basurero tenía pocas posibilidades de hacer una buena boda, a pesar de la fama del jabón de su madre. Yo lo supe mucho más tarde, de su propia boca. Mi madre se enamoró a los quince años de un joven llamado Taz. Taz era el hijo del carpintero y el mayor de seis hermanos. Era muy serio, como casi todos los hombres de Llanero. Él fue quien enseñó a mi madre el camino de la cueva grande. En la ladera que baja hasta el río Seco hay varias entradas naturales, pero sólo una de ellas es lo suficientemente espaciosa para que se pueda entrar en ella y desaparecer de la vista de la gente. La cueva grande… Te podría contar muchas historias de la cueva grande, pero empezaré por el principio, porque así me parece más ordenado. No se ve muy grande desde afuera, apenas un pequeño escondrijo que te permite pasar arrastrándote. Pero una vez dentro es extensa. No tiene nada de valor, el suelo es de tierra y la altura irregular. Su punto más alto es de dos metros y el más bajo quizá ronde el metro y medio. Es ancha y muy oscura, porque apenas puede entrar la luz. Las paredes son de roca y apenas crece la hierba en su interior. Yo la conocí de jovencita, con una amiga… Pero eso fue más tarde. Taz llevó a mi madre a la cueva grande. Es la tradición de Llanero transgredir las normas en la cueva. Ella es el símbolo del amor, qué nostalgia me da hablarte de la cueva grande… Y qué malos recuerdos, también, siento al explicarte hechos ya pasados. Taz llevó a mi madre a la cueva grande y ahí empezó el verdadero declinar de la familia. Mi madre fue hija única, porque el pésimo embarazo de la abuela y su edad, así lo quisieron. En ella estaba puesta la continuidad de la familia, su honorabilidad. Mi madre lo tiró todo por la borda, porque se enamoró siendo adolescente. Mi madre nunca me explicó los detalles pero me los puedo imaginar. El primer beso, la primera caricia. Los cuerpos desnudos. El deseo. La oscuridad. Pero Taz, el primer hijo del carpintero, no se iba a juntar con la hija del quemador de las basuras. Y no lo hizo. Y se fue de la boca. He llevado a la hija de la jabonera a la cueva grande. Para él no hubo consecuencias, para mi madre sí. El resto de su vida llevó el estigma de haber ido con Taz a la cueva grande. Muchos hombres la pretendieron ya que tenía fama de ser fácil, pero ninguno se quería juntar con ella, ninguno quería que fuera la madre de sus hijos. En uno de sus enredos se quedó embarazada de mí, y así fue como nací yo, sin padre que me reconociera, sin un hombre que cuidara de mí.

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