Eugenio Javier Bello Chauriye, o Javier Bello como muchos prefieren, ha sido el ganador del XXVI Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Javier Bello

Este poeta chileno de 33 años, con su obra “Letrero de Albergue”, se llevó los aplausos del jurado.

El acto de entrega estuvo organizado por la Diputación de Huelva, en el Monasterio de Santa Clara de Moguer, en esa ciudad española.

Fue asombrosa la participación de este año según organizadores, con 432 obras enviadas, duplicando la marca del año pasado.

Algo realmente interesante, es que el jurado está compuesto por ganadores pasados de este premio. En esta edición, su presidente fue César Antonio Molina (director del Instituto Cervantes), Juana Castro, Diego Jesús Jiménez, Alexandra Domínguez y José Antonio Moreno.

Un poco más de información de Javier Bello:

- Licenciado en Humanidades con Mención en Lengua y Literatura Hispánica, por la Universidad de Chile.

- Doctor en Literatura Española Moderna y Contemporánea, por la Universidad Complutense de Madrid.

- Poseedor de la beca para la Creación Poética Joven de la Fundación “Pablo Neruda”, en 1992.

- Primer Premio de Poesía compartido en los “Juegos Florales Gabriela Mistral”, 1994.

- Accésit al VIII Premio “Jaime Gil de Biedma”, Segovia, España, 1998.

- Obras publicadas: “La noche venenosa”, “Cuadernos de Movilización”, “La huella del olvido”, “La rosa del mundo”, “Jaula sin mí”, “Hojas de Zenobia”.

Y queda nada más lo que muchos esperan, un poema de Javier Bello:

Primero dice lo invisible

Primero dije lo invisible, que se quebró de miedo,
caminé por el falso orificio en medio de la niebla,
anduve cerca de la extenuación,
lejos del mar, herido por un grito,
por el lento paisaje de dos lenguas
con su garganta débil anegando mis manos
de fría redención.
He sido, he nacido,
he renacido en sueños como el ciego
ausente ante el parto de sus ojos.
Traigo la humedad entre mis dedos,
traigo mañana impura, la tierra del destello
que camina hacia el sol con pasos inclinados,
ardiendo en el jardín, secreto diente
contra el caparazón de la belleza,
dejo entrar la luz, así la luz se vea
y se vea a sí misma abandonarse,
resbalar en su lecho vacío,
irrumpir en la casa vacía.
He visto descender los animales
en la sagrada inscripción del mediodía,
en el paisaje bífido del sueño
todos inocentes, todos inocentes
manaban un ejército de espadas,
divididos por fuego
aquellos que no escuchan, aquellos que padecen.