En junio de 1843, el escritor estadounidense Edgar Allan Poe consiguió ganar un concurso de relatos cortos convocado por el periódico “Philadelphia Dollar Newspaper” gracias a un cuento titulado “El escarabajo de oro” que, para muchos, constituye la obra maestra del autor.

En este libro, el también creador de “Los crímenes de la calle Morgue” seduce al lector con una historia de aventuras de perfil fantástico protagonizada por un narrador anónimo, su amigo William Legrand y Júpiter, el sirviente negro de este último.

La acción comienza a desencadenarse cuando el narrador se entera que Legrand, quien se dedicaba a la caza y a la pesca y había llegado a la isla de Sullivan tras sufrir algunas dificultades económicas, había encontrado un escarabajo de oro.

Tiempo después de ese descubrimiento, el grupo de hombres emprendió una expedición por las colinas. La marcha se detuvo frente a un árbol frondoso, donde Legrand, después de otorgarle el escarabajo, le ordenó a su sirviente que trepara hasta llegar a una calavera.

Cuando Júpiter cumplió ese primer objetivo, su amo le pidió que pasase el insecto por el ojo izquierdo de la calavera y, una vez que el escarabajo tocó tierra, Legrand tomó nota de la ubicación e hizo algunas mediciones con el fin de comenzar a excavar en busca de un supuesto tesoro que él insistía en encontrar.

Sin embargo, en un primer momento esa excavación no dio resultados positivos y, convencidos por los dichos de Legrand, decidieron cavar en otro sitio, donde por fin, después de unas cuantas horas de esfuerzo, lograron hallar el famoso cofre.

Una vez que el botín estuvo entre sus manos, Legrand reveló ante su amigo narrador cómo había tomado conocimiento de la existencia de ese tesoro escondido. Según le confió, al encontrar al escarabajo de oro también había localizado un pergamino en el cual había un criptograma escrito por un pirata. Al descifrarlo, Legrand tuvo entonces el dato preciso para dar con el tesoro que ese hombre había enterrado.