El 9 de septiembre de 1668, bajo el título “El avaro”, se estrenó en el teatro del parisino Palacio Real una comedia en prosa dividida en cinco actos a través de la cual, Molière, su creador, aborda un peligroso defecto del ser humano: la avaricia.

En esta propuesta, la acción se desarrolla en el París del siglo XVII, en el hogar de un rico burgués llamado Harpagón. A diferencia de lo que podría llegar a suponerse al pensar en una familia adinerada, Cleantes y Elizabeth, los descendientes de este hombre viudo, no gozan de una situación financiera envidiable ni disfrutan los privilegios de tener una vida, a simple vista, acomodada.

A raíz del perfil mezquino de su padre, ambos no sólo sufren importantes privaciones, tanto a nivel económico como afectivo, sino que también viven atemorizados ante la posibilidad de que que esta vergonzosa actitud paternal ponga en peligro sus relaciones afectivas ya que, de acuerdo al mandato de su progenitor, pese a estar enamorados de otras personas, la hija deberá casarse con el viejo Anselmo, mientras que Cleantes está obligado a contraer matrimonio con su tía irlandesa.

En este contexto, el lector/espectador se convierte en testigo de una absurda lucha desigual entre el padre y el hijo ya que, tanto Harpagón como Cleantes, están enamorados de Mariana, una muchacha de clase social baja que fue criada en un orfanato.

El mayor de los hombres, convencido de su superioridad gracias al poder que le otorga su dinero, procura casarse con la joven y, de esta forma, dejar sin posibilidades a su heredero. Sin embargo, la obsesión por la cuestión material terminará por destruir a este detestable ser que pretende ponerle precio a los sentimientos ya que, con tal de no perder sus riquezas, Harpagón renunciará a todo, hasta el punto de quedarse solo.