Cuando el escritor ruso León Tolstói comenzó a difundir la obra que, en 1877, se editaría de forma completa y recibiría el título de “Ana Karenina”, ésta tenía formato de folletín y se publicaba junto a la revista “El mensajero ruso”.

Con el tiempo, la novela se volvería valiosa no sólo por el significado que adquirió en el ámbito literario universal, sino también por haber sido elogiada por destacados representantes del mundo de las letras, tales como Fiódor Dostoievski, quien la definió como una “obra de arte”, y Vladimir Nabokov, un autor que quedó cautivado por la magia y el estilo de este trabajo que, como tantos otros, tuvo su merecida adaptación cinematográfica.

A través de este relato repleto de pasión cuya narración está dividida en ocho partes, su creador convierte al lector en testigo de la historia de Ana, la esposa de un alto funcionario del Gobierno llamado Alekséi Aleksándrovich Karenin que termina enamorada del oficial Conde Alekséi Kiríllovich Vronsky, un aficionado a las carreras de caballos que, en un primer momento, había demostrado interés por Kitty, la hermana menor de la cuñada de Ana.

Tras quedar embarazada de su amante (a quien conoció de casualidad al viajar a Moscú por pedido de su hermano, un hombre que se niega a perder el amor de su esposa, más allá de haberla engañado con otra mujer), la protagonista huye junto a él a Italia, es decir, adopta una actitud desafiante hacia las convenciones sociales que le exigía su marido.

Ante esta realidad, el estrato más alto de la sociedad rusa le da la espalda, el marido engañado no quiere concederle el divorcio y le prohíbe ver a su hijo. Sin poder soportar estos obstáculos y presa de la desesperación, Ana decide terminar su vida arrojándose a las vías del tren.