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la elegancia también es hipócrita

Se trataba de una tensión naciente, la tensión característica entre dos personas que se observan por primera vez, con un toque de maldad, de recelo.


Entre miradas en contraste salían a la luz las diferencias de clase, enfrascadas en forma de ropa y complementos. Una de las mentes se regocijaba comprobando la mediocridad de quien estaba enfrente, sonriendo disimuladamente; al otro lado de la línea de visión se hallaba una mente intimidada, incómoda y ligeramente humillada, en cuya nebulosa de pensamientos sólo cabían ilusiones jóvenes y risueñas, que le permitieron salvarse del ataque frontal que estaba recibiendo.


Apartó la mirada, y se cubrió con una cabeza muy alta y una sonrisa grande, que, tal como vino, borró la de quien la llevaba primero. Justo entonces, quien en principio atacaba, se cercioró de algo. Algo que, sin duda, cambiaba totalmente la estampa inicial. Se dio cuenta de que lo que había entre ellas no era un aspecto, ni un carácter. Su sonrisa se tradujo en una cabeza gacha, consciente de que carecía de lo que la mediocre persona de enfrente tenía: tiempo. Tiempo y una vida por delante. Algo que sus manos irremediablemente desgastadas y su pelo cano jamás le devolverían.