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Capítulo 1. A propósito de una mente vacía

 

Me gusta reflexionar sobre el egoísmo; me parece fascinante que la gente crea que puede llegar a preocuparse por alguien.

A veces me rio de la vida, de esas situaciones cotidianas que respiras en la main street de cualquier ciudad. Me apasiona observar a la gente, porque me río de la calidez de sus actos. Para mi es muy gracioso salir los domingos por la mañana y encontrarme con parejas que se desean amor eterno (¡qué hipócrita esta vida!) o con abuelos y nietos agarrados de la mano que parecen ser plenamente felices tan solo con una pelota y unas pipas para alimentar a los pájaros. Me cuesta entender cómo la gente puede ser tan ridícula; siempre acaban dándose cuenta de lo idiotas que son, así es, se dan cuenta, cuando ya es demasiado tarde.

La diferencia entre la gente y yo es que yo mantengo esa actitud ácida y amarga del desengaño a cada segundo, mientras que ellos sólo lo hacen en determinadas ocasiones.

Muchas veces pienso que todos deberían convertirse a mi filosofía, sin duda me considero la especie avanzada que nadie conoce. Puedo ver sin saber y anticiparme a los hechos, y mi suspicacia es sublime, pero nadie lo sabe...

En realidad no sé por qué puede haber tanta diferencia entre unos pensamientos y otros, y lo más curioso y característico de mí es que hace tiempo que no pienso en nadie. Los expertos suelen decir que es imposible, que la mente siempre está ocupada por algo, y que ese algo siempre te lleva a alguien. Pero yo no; yo no pienso en nadie, no me interesa en absoluto, las personas me parecen imperfectas y predecibles, y no despiertan mi interés.