GUILLERMO JIMENEZ PAVON

El pastorcito y la serpiente

  1. El pastorcito y la serpiente
  2. Un pastorcillo sacaba todos los días su pequeño rebaño de ovejas y cabras a pastar por los campos. Tendría unos ocho años de edad y su mayor ilusión era ir a la escuela para aprender cosas. Eran cinco hermanos, y en horas del colegio, él siempre tenía que estar con su pequeño rebaño en el campo. Un día, le dijo a su madre que quería ir a la escuela para aprender cosas, y la madre con mucha pena le contestó —: Hijo mío, que más quisiera yo, pero eres el mayor de tus hermanos y como bien sabes, tu padre está muy enfermo y no puede trabajar. Cuando papá se ponga bien podrás ir a la escuela. De momento y aunque me duele mucho decírtelo, no puedes. Hay que sacar el rebaño para que pueda pastar y como bien sabes, con la leche que sacamos, podemos comer tus hermanos, tú y nosotros. Guillermo (que era como se llamaba el pastorcillo), ese día se fue a dormir triste porque de momento no podía ir a la escuela, y a la vez muy contento, porque gracias a él, su familia no pasaría hambre. Al día siguiente, y como siempre, Guillermo sacaba su rebaño a pastar, y para llegar a los tiernos pastos tenía que pasar por delante de la escuela, donde los niños más afortunados estudiaban. Aunque algunos niños que estaban en la escuela (por lo visto no la aprovechaban mucho) solían decirle en tono burlesco —: Guillermo, si no estudias serás un analfabeto, un burro. Sobre las doce de ese mismo día (estando sentado y repostado sobre el tronco de una vieja higuera), le entró un sueño muy dulce y se quedó dormido. Una vez dormido, tuvo un extraño sueño.
  3. —Tú lo que tienes que hacer –le decía una voz– es llevar el rebaño a donde no haya comida, o perder alguna oveja. Cuando lo hayas hecho varias veces, verás como tus padres no te mandan más con el rebaño, y entonces, sí podrás ir al colegio. Cuando se despertó de aquel extraño sueño, se juntó con un amigo, que como él, tenía que cuidar un rebaño de ovejas y no podía ir al colegio.
  4. — ¿Qué llevas en el sombrero de paja? —le preguntó Bernardo, que era como se llamaba el amigo. Guillermo se quitó el sombrero y pudo comprobar, con asombro, la camisa de una serpiente enroscada en la copa de su sombrero.
  5. — ¿No me digas que no te habías dado cuentas? –le preguntó Bernardo, al verlo tan sorprendido.
  6. —No, la verdad es que no. Lo que sí, he tenido un sueño muy extraño.
  7. — ¿Es que te has quedado dormido?
  8. —Sí, me entró de repente un sueño muy dulce y ha sido cuando he tenido el sueño.
  9. — ¿Y qué sueño ha sido ese?
  10. —Como tú sabes, yo tengo muchas ganas de ir a la escuela.
  11. —Sí, eso ya lo sé, me lo dices todos los días.
  12. —En el sueño una voz me decía: Si llevaras el rebaño a donde no hubiera comida, o perdieras alguna que otra oveja, tus padres no te mandarían más y sí que podrías ir a la escuela.
  13. —Oye, no es mala idea.
  14. — ¿Qué me dices, tú estas loco?, si yo no diera de comer a mi rebaño, para que produzca leche, no tendríamos en casa para comer. Además mi papá está muy enfermo y yo soy el mayor de mis hermanos y tengo que cuidar el rebaño, para que ellos no pasen hambre.
  15.    Ese día cuando volvió a su casa, le contó a su madre lo que le había sucedido.
  16. —Mamá, hoy me ha pasado una cosa muy extraña, me he quedado dormido en el campo y he tenido un sueño muy raro. Además, una serpiente me ha dejado su camisa enroscada en mi sombrero.
  17. — ¿Qué sueño ha sido, hijo, que me estás asustando?— le preguntó su madre, con preocupación.
  18. —Una voz muy persistente, me decía que llevara el rebaño a donde no hubieran pastos o que perdiera alguna oveja, y que si lo hiciera muchas veces, seguro que conseguiría ir a la escuela, porque para ustedes, no serviría como pastor y entonces, me enviaríais a la escuela.
  19. — Hijo, ¿y tú que piensas de todo esto?
  20. —Que no estoy de acuerdo, mamá, que si para que yo aprenda cosas en la escuela tienen que pasar hambre mi familia y mis ovejas, con lo que sé, ya tengo bastante.
  21.    Su madre lo abrazó y dándole un dulce beso, le dijo —: Hoy soy la mujer más feliz del mundo.
  22. — ¿Por qué, mamá?
  23. —Hoy ha venido un joven sediento a pedirme agua y cuando estaba bebiendo, ha sentido a tu padre toser y al sentirlo, me ha preguntado si había algún enfermo en la casa. Cuando le respondí que se trataba de mi marido me dijo que era médico, y que si no tenía inconveniente, podría visitarlo. Yo le contesté que sí y le acompañé a donde estaba tu padre, y cuando estábamos junto a él, me dijo que le llevara una palangana con agua. Cuando volví, me dio la mayor de las alegrías, diciéndome que tu padre estaba prácticamente curado y que muy pronto podría trabajar. Además, no me ha querido cobrar nada, me ha dicho que ya había cobrado. Estoy feliz por eso, y por tener un hijo tan maravilloso como tú —dijo la madre, y se abrazó de nuevo a Guillermo. G.J.Pavón