Francisco Barreto

DOÑA MENTIRA

Ayer la vi parada en la acera de enfrente

Ataviada su escultural figura

Con su falda vaporosa de flores coloradas

Sus bucles ensortijados y saltarines,

Le daban a su cabellera suelta un luminoso ritmo

Y sus huesos largos delataban

Su espalda de cibel.

Hoy viene apurando el paso,

a lo lejos se ve,

Viene con su pecho erguido  como de paloma

Aun cuando no se sabe

si  es hembra de halcón  o búho

Viene con un gran enjambre de libélulas

Con sus figurajes tintineantes en denodada escolta,

Le revolotean y le circundan cuidando sus pasos

De avecilla temblorosa e igualada.

Picando aquí, picando allá.

Viene acercándose más, y no son libélulas

Las que la escoltan, son hombres y mujeres

Que la rodean, la requieren y llevan velas encendidas

Para alumbrar sus pasos

Quieren que se mude a sus casas

Y se entronice en el mero centro

De sus ávidas “realidades” “irreales”

Ella ufana y pintorreteada su faz

Con el carmín del “Basilisco” de

Aquél primer  jardín donde nació

Hija de padre por  madre

Nacida ya promiscua e intensa.

Allí inauguró la moral humana

Y firmó su primer contrato

Para  representar por el hombre

Su trasnochada comedia

 

Ella exige nuestra boca

Allí es su primer aposento, allí estrena celda

Luego escala altura hacia los hemisferios

Para descender en veloz avenida

a su Final objetivo,

Su mejor tálamo:

Nuestro corazón.

Allí comercia Con mercaderes,

Con caballeros itinerantes,

Con soldados rasos

Con la impura que se cree pura

Y el regateador de la  medida

De su infamia.

Luego penetra fortalezas

Trepa alcázares

Y cruza puentes levadizos

No tiene contemplaciones

Ni atisbos apurados de somnolienta paz

No se cansa, no se amilana

Engorda cada segundo

Y cada segundo vacía sus queresas

Procurando compartir la guehena

Donde el diablo amontona sus estiércoles

Y el gusano vil aguarda

La presa que amontonan las edades

Hasta que el gran Dios

Decida atarla con su cadena de eslabones

De acero y cobre, de hierro y tierra

Y junto al lago que desprende el fénico y

Azufrado vapor de siglos

Cremen al fin sus entrañas fértiles

Y se aborte lo que guardaba para mañana….

 

Francisco Avelino Barreto