RICARDO V

Dalia negra en el Camino

Agotado ya del viaje

me paré en una taberna

en mitad de cualquier parte,

camino de Compostela.

 

Una vez recuperado

y recobradas mis fuerzas,

me aproximé a dos paisanos,

compañeros de otra mesa.

 

Con mi mayor valentía,

previa a un saludo cortés,

charlamos con simpatía

bebiendo vino los tres.

 

- Mi nombre es Pedro Muñoz

y éste es mi amigo Miguel.

-Yo soy romero de Dios

y me llamo Bernabé.

 

Adquirida la confianza

que el calor del vino da,

olvidando la templanza

pregunté en curiosidad:

 

“Sin pretensión de molestia,

¿Hay alguna explicación

que me sirva de respuesta

ante tan rara visión?

Algo extraño apareció

en el desvío hacia el pueblo

y prestándole atención

se me convirtió en misterio.

Los árboles del camino

que hasta esta aldea conducen,

los he encontrados caídos,

como dormidos de bruces.

Chocante imagen doliente

debiendo ser de hermosura

pero algo extraño se siente

que me alejó con premura.”

 

Se callaron al segundo

al oír hablar del tema

y entendí que algo profundo

sucedió en aquella tierra.

 

Pedro tomó la palabra

y se atrevió a comentar

sobre una historia de magas

que ocurrió en aquel lugar.

 

“Será una historia de pueblo

lo que te voy a contar

pero te aseguro, pero,

que pasó y es de verdad.

El amor cazó en sus redes

a dos jóvenes aún tiernos

y les hizo complacientes

a caprichos del infierno.

La moza era antojadiza,

consentida y caprichosa,

y el zagal alegoría

de la bondad más hermosa.

A la salida del pueblo,

por el camino que entraste,

se llega hasta el cementerio

en un cruce que pasaste.

En busca de soledades,

de pasiones y aventuras,

los dos jóvenes amantes

disfrutaban de las tumbas.

Se comenta que una tarde,

plomiza de puro invierno,

en su paseo de amantes

vieron las flores de un muerto.

Estando fresco el manojo

había una dalia negra

que destacaba a los ojos

de todo aquel que la viera.

La niña le pidió al niño

que por favor la cogiera

y que sería el indicio

del amor que se tuvieran.

El muchacho tuvo miedo

de quebrantar la serena

quietud de los cementerios

por simple capricho de ella.

Se volvieron discutiendo

sobre dudas del amor

y el muchacho fue perdiendo

la batalla de los dos.

Se dice que a la mañana

cuando la niña se alzó

se encontró sobre su cama

la dalia que le pidió.

Se levantó a la carrera

con esa prueba de amor

y bajó las escaleras

que daban con el salón.

Se encontró sin esperarlo

una gran congregación

de mayores cabizbajos

llenos de preocupación.

Su padre le dio una silla

y en la frente la besó

al tiempo que le decía

que su novio falleció.

La joven no lo creía,

era imposible que fuera,

porque en su cama tenía

la dalia que le pidiera.

Lo que pasó no es de humano,

el muchacho apareció

sobre la tumba y el ramo

en el suelo y ya sin flor.

En el día de su entierro

todo el mundo pudo ver

lo que hoy aún yo recuerdo

como si fuera anteayer.

En desfile y son divino,

al paso de su cortejo

los álamos del camino,

uno tras otro, cayeron.

La muchedumbre rezaba

ante tanto desenfreno

y aceptó lo que pasaba

como un milagro del cielo.

Ese fue su último exilio,

también su postrer paseo

y los árboles caídos

son testigos de los hechos.

De la muchacha y su vida

poco se puede contar,

se marchó con tez marchita

a un convento a meditar.”