Sebafel

De un hijo a su madre (endecasílabos)

Ay, madre mía, si supieses cuánto

lamento el que me hayas concebido,

tal vez, por un momento, entenderías

lo que es llorar de veras por un hijo.

Porque si comprendieses un segundo

la finitud humana y su destino,

si comprendieses algo de la vida

no te hubieses quizás reproducido.

Mas tú ignorante vives, sorda y terca

encerrada en tus cosas sinsentido:

la cocina, el trabajo, las revistas…

sin abrir nunca en tu existencia oídos.

Yo, en cambio, observo todo con cuidado

y al sufrimiento búscole el sentido

a veces en los textos, otras veces

en las cosas pequeñas y lo efímero;

pero nunca descubro algún consuelo

al llanto agonizante de lo vivo.

Porque emes de creerme que la vida,

(a la que me trajiste sin permiso),

esta vida que odio y que lamento,

implica sufrimientos infinitos

no ya por lo que no se tiene aquí,

no ya por carecer de lo querido,

sino porque el total de la existencia

es partícipe toda de este ciclo:

nacer y envejecer para morir,

luchando por el pan en el camino,

guerreando por el sustento diario

y hasta matándonos cual enemigos.

A la dicha existencia me trajiste:

a la lucha, a sufrir, a ser testigo

del horror de la vida y de la muerte

para que todo acabe en el vacío,

para que todo se hunda en una mierda

innecesaria y muerta a lo vivido.

¿Para qué me trajiste a la existencia?...

Tal vez para aumentar los afligidos.

Pero nunca respondes a mi súplica

y siempre sales con algún esquivo:

es que tu necedad es invencible

y niegas y reniegas tu delito:

el quitarme la paz del que no sabe

los dolores que afligen a los vivos.

Ay, madre queridísima, cuánto odio

que seas una fábrica de hijos,

y cuánto me lamento de ser yo,

precisamente yo, uno de tus niños.