Samuel Santana

Unas devastaciones

 Las puertas que lloraron las

noches de las guerras,

entre la lobreguez,

el desatino

y las despuntualidades,

buscaron muchas respuestas.

Pero el tormento de una sombra

arrastró las ansias de las briznas.

Con toda su profundidad inaguantable,

el vacío pensó en los despojos del tiempo.

Si para cuando el invierno llegó

ya los cuervos vestían sus

atardeceres de luna y atrocidades.

Y los pasos apresurados de una

idea sufriente quisieron trastornar la

mirada inocua del viento

solitario y peligroso.

Precisamente,

esa frialdad evocaba aquellas

viejas batallas de las que quedaron solo

estatuas ensangrentadas

y la desarticulación de puertos

y arcabuces raros.

Nadie se explicò por qué los guardias,

en un  abandonado mausoleo

de mármol cuarteado,

resguardaban los ataúdes negros

de aquellos que en la maldita

desorganizada invasión

abrubtamente perecieron,

estropeando las flores

y las tarjas de los cementerios.

Ya lo dijo el guerrero de penacho

alquilado,

mientras  injusticia haya,

paz en el mundo no habrá.