Mario Alberto Portillo Lopez

TU NOMBRE ENTRE MIS LETRAS

Inventabas una historia cada noche 

de tu bella cara una sonrisa 

siempre maternal brotaba; 

otras noches el cansancio 

en tu cara reflejabas, 

era la ardua jornada 

de atender las tareas de la casa; 

pronto me hacia el dormido 

y te fueras a tu cama, 

a soñar con aquellos angelitos 

a los que siempre les rezaba. 



Sabía como son todas las madres 

los consejos no faltaban, 

¡no te subas ahí! 

¡no agarres allá! 

¡obedece hijo mío 

que te puedes lastimar! 


Antes de que cumpliera los diez 

dejaste de hablar 

ya no podías caminar, 

tu mirada perdida, 

mi voz quería encontrar, 

y unas lágrimas comenzaron 

por tus mejillas a brotar; 

se había esfumado tu sonrisa 

y el dulce hablar de tus labios 

comprender no pude jamás. 


Los médicos dijeron: 

¡Fue un infarto cerebral! 

que de esa enfermedad 

nadie se podía recuperar. 



Bastantes esfuerzos hizo mi padre 

para poderte sanar; 

de eso soy testigo 

y por eso le bendigo, 

no había noche que no le pidiera a su dios 

que te mandara el alivio. 


Quise ser medico 

para encontrar una respuesta; 

y ayudar a alguien que como yo 

tuviera una madre enferma. 

 

Es cierto que mucha falta me hicieron 

tus caricias y tus besos, 

tus atenciones y consejos, 

nunca de llagas se lleno tu cuerpo, 

pues siempre te atendí 

como me lo permitió mi tiempo. 


Llegaba de la escuela 

y te contaba mis secretos, 

una leve sonrisa 

se dibujaba en tu cara 

cuando te decía 

que ya tenía enamorada. 


Pero nada de eso era cierto 

pocas amistades pude cultivar, 

el tiempo era el justo; 

para poder estudiar y trabajar. 



Esperanzas siempre abrigue en mi corazón 

de que algún día el dios de mi padre te sanara, 

pero tal vez muy ocupado se encontraba 

o que tal vez sus rezos no escuchaba. 



Por eso que aprendí a rezar 

primero para suplicarle, 

después para reprocharle; 

y ya en mi desahogo llore… 

tan solo para pedirle que renovara mi fe. 



Entonces le agradecí y comprendí 

que mi dolor no le era ajeno; 

que el mundo esta lleno de dolor 

para comprender el nuestro; 

que tiene que existir el blanco 

para distinguir el negro; 

que tiene que existir lo malo 

para reconocer lo bueno; 

que tiene que existir la fealdad 

para que surja lo bello. 



Que el olvido de mi padre 

me hizo hombre a corta edad, 

las carencias me hicieron madurar; 

que hoy soy un hombre responsable 

y que nada de mi vida me puede avergonzar. 

 

Luego el cielo se nublo 

tu cuerpo cansado 

ya no respondió, 

tus ojos se opacaron 

y en silencio todo quedo. 



Hoy… a NUEVE años de tu partida, madre mía; 

te recuerdo exactamente como ayer; 

cantándome, abrazándome, besándome, 

sonriéndome como cuando 

era aquel niño pequeño 

que una flor te regalo. 

 

Para mi no has envejecido 

es mi padre quien reprocha 

que no vaya al cementerio; 

pero es que el no comprende 

que tu para mi no has muerto, 

que tú sigues viva; 

tan viva en mí recuerdo. 


Autor: Mario Alberto Portillo López. 

Todos los derechos resevados. 

Seudonimos: Mayin o Kalipso (72)