Miyagui yuyatsi

Microcuentos de amor, desamor y otros lechos de Procusto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentimientos

Aquellos gemidos femeninos ya no provocaban en mí excitación, al principio usaba audífonos todo el tiempo, sentía que tanto sexo a mi alrededor me volvería loco. Me daban veinte minutos para limpiar el desorden que dejaba la pareja cumplida su faena, si tenía suerte podía quedarme con algo, un día encontré una cámara, para la noche ya había un nuevo video circulando en la red. 

En una ciudad de etiquetas y máscaras mi trabajo no era el más aplaudido, y mis complejos y yo nos encargamos de mantenerlo en secreto, ni siquiera mi novia sabía lo que hacía.

Con aire morboso a veces jugaba a adivinar quién estaba en cada habitación, a imaginarme la posición y la batalla librada en cada trinchera, era política del lugar cumplir aquella regla (que muchas veces intenté desobedecer: “Está terminantemente prohibido acercarse a los usuarios\"), pero en el hueco donde guardaban las escobas había un pequeño respiradero y yo resolvía mi poco tiempo libre entre estudiar anatomía y tratar de observar alguna cara conocida en el oscuro vestíbulo.

Una tarde mientras viajaba entre lo azuloscuro y un millón de espejos del pasillo el llamado de ¡condones a la habitación n.48! me hizo sobresaltar. Acababa de dejar los preservativos en una abertura de la puerta, cuando “Something” de los Beatles se detuvo en el cerrojo al escuchar una voz del interior… Las casi tres horas siguientes busqué un montón de excusas para atravesar aquel pasillo, hice un par de llamadas contestándome solo el buzón de mensaje…aquellos gemidos: Más! mas¡ No te detengas¡¡ me eran familiares.

Fue la primera vez que limpie minuciosamente un cuarto, moví todo.

Esa tarde salí a la universidad inmensamente perturbado. En esta ciudad, cualquier cosa se podía esperar.

 

 

 

 


 

 

Amor

 

La encontré repartiendo besos a las estrellas, evadiendo cráteres con sus piernas de bailarina, suspirando a los cometas con su voz de soprano y arrastrando polvo lunar entre las curvas de su escote. Le pregunté por quién lloraba, y mirándome con rabia respondió: “lloro por aquella firma caricaturesca ¿la recuerdas? La misma que me costó la salida de mi casa. No sé porque te digo todo esto, de cualquier modo no vas a entender. ¡Tú no entiendes nada!
Cada una de sus lágrimas las sentía como mías. Era aún más hermosa sollozando que estando seria; no me dejó divagar más porque tajantemente me dijo: “lloro por el mismo efecto que te trajo acá”.

“¿Traición?” pregunté intrigado.

“No, mi vida… esa fue tu causa…”

 

 

 

 

 

 

Desconfianza

Después de tener sexo siempre una incógnita rondaba por su cabeza.

¿Donde habría aprendido ella hacer todo eso?

 -si se supone que soy el primero- meditaba el hombre con los parpados cerrados.

La duda se disipaba cuando los senos de ella rozaban su miembro, lista para el 2do round…

 

 

 

 

 

 

Inspiración

 

Recién llegado, el compositor recostado en su piano observaba una fila de hormigas que cruzaba el techo. En su regazo tenia cientos de partituras cuidadosamente ordenadas.

Había planeado por tanto tiempo reencontrarse con las líneas pautadas que separaban la realidad de su pasado.

Con una mano empezó a jugar con las teclas blancas mientras con la otra dirigía la orquesta. Se imaginó dirigiendo de nuevo en los teatros de Paris, Berlín, Tokio… sentía los aplausos semejantes a las olas que corrían en su jardín de arena.

Y pasó varias horas reorganizando sus ideas; pero ninguna melodía le convencía para el inicio.

Tocaron la puerta de su estudio; al principio pensó que era la brisa de la playa, que empujando las pesadas cortinas pellizcaba al viejo piano.

-Un momento- dijo - incorporándose y colocando las partituras en un atril de caoba.

-Es la chica de los ojos verdes- dijo la criada-, ¿si se acuerda de ella? Se ha enterado de su regreso. Ella desea hablar con usted.

El compositor cerró sus ojos intentando imaginarla.

-Dígale que pase -el compositor exclamó mientras se arreglaba el cabello-.

Y se asomó sigilosamente a la ventana.

Cuando la vio, cerró su puerta con picaporte.

-Daniel, soy yo. Cuanto tiempo ¿no?  Por favor necesito hablar contigo.

¿Me estás escuchando? Daniel, ¡Por el amor de Dios deja de tocar!

Haciendo caso omiso a la voz detrás de la puerta la música llenó toda la casa, deslizándose por la escalera hasta salir por donde había llegado.

Te juro que te esperé, Daniel, pero te dieron demasiado tiempo. ¿Qué querías que haga?

¿Todavía crees que yo lo hice? Preguntó el compositor.

!No! Pero nunca hiciste nada al respecto.

Y el silencio reinó en toda la habitación.