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RELATO: Un ser con muchos nombres .PARTE 2

Recuerdo la emoción que experimentaba cuando en ocasión de “perder” algún diente, “la madrina”, le pedía a su hijo, que llegaba, ya tarde a descansar, alguna moneda que ella colocaba entre comentarios y risas bajo la almohada.

Yo fingía dormir. Quizás, ella percibía mi engaño, pero me hacía creer que no.

¡Qué maravilloso juego entre los adultos y los niños! Más aún cuando éstos, mantienen la inocencia que sustenta la credibilidad. Los he podido recrear con hijos y nietos y me retrotraen a aquellos días, haciendo que revivan en mí. Me parece oír el leve crujido de las sábanas y fundas almidonadas, la mano introduciéndose entre ellas para dejar el tesoro.

Cuando la ansiedad ganaba, luego de un rato que me parecía prudencial, a oscuras tanteaba lo que me habían dejado bajo la almohada y no pudiendo evitarlo, la llamaba:

-¡Eugenia! ¡Eugenia! ¡Mira lo que dejaron!

Entonces ella se hacía la sorprendida y seguía el juego.

-¿De dónde las habrán sacado?

-¡Seguro que se las robaron a “la China”!- refiriéndose a la amiga, propietaria del almacén más grande del barrio.

-¡Ahora dormite! Que falta mucho para que aclare.

Las guardaba en el puño cerrado y hacía planes, sumando con los dedos, para saber cuánto me faltaba o si, ya eran suficientes, para la entrada de la Matinée del domingo, así podría ir con mis hermanos. Entonces me dormía feliz.

El cine fue la principal actividad recreativa de entonces. Eran muy pocas las familias que poseían televisor. En algunas de estas casas, los sábados y domingos, jóvenes y niños nos reuníamos, constituyendo una platea, que duraba desde que comenzaba el canal, hasta que finalizaba la programación, o los padres nos permitieran. ¡Qué molestos debimos resultar!

La semana transcurría de manera rutinaria, estudiar, ayudar en la casa, leer, jugar y esperar el fin de semana, donde podíamos agregarle otras actividades. El poder ir al cine era lo máximo.

Cuando la edad me lo permitió, la madrina me invitaba para ir a la función de la hora 21, a la que íbamos, con la amiga. Ésta también había concluido su etapa de “madre”. Ambas eran abuelas, trabajaban mucho, cada una en lo suyo y trataban de disfrutar, de lo que la sociedad ofrecía entonces: los tablados, el cine, una vuelta por el centro de la ciudad, mirando las vidrieras y finalizaban el paseo, luego de cenar en la casa de una de ellas, o en alguno de los numerosos restaurantes, que atendían adentro o sacaban mesas a las veredas. Paradójicamente hoy casi en extinción, reemplazados por los servicios de entrega a domicilio, conocidos delivery.

Doña “China” fue para mí, la primera persona que me permitió obtener dinero mediante el trabajo, poco gratificante, pero que me entusiasmaba, porque además del dinero recibía otras atenciones. Era la mamá de mi compañera de juegos que se había casado. Me confería un trato agradable. Nunca me dio una orden, sólo me hacía saber lo que había que hacer y yo lo hacía con total libertad y voluntad.

Si sentía el deseo de comer o beber algo, servía para las dos y ella me agradecía. Así transcurrían las horas del sábado o de los días de vacaciones hasta, que mis obligaciones estudiantiles aumentaron, de tal manera, que me fue imposible continuar. Más que una patrona era, “la China”, que significaba, la amiga de “mi madrina”.

La recuerdo enérgica, de figura robusta, andar algo entorpecido por la artrosis, su carácter fuerte frente a sus clientes morosos, de risa fuerte y franca cuando algo lo ameritaba.

Lo único que no me agradaba hacer, era lo primero que tenía que hacer: varios casilleros con botellas vacías, esperaban que las llenara de queroseno, combustible utilizado en casi todas las casas, tanto para el calentador, marca Primus con que se cocinaba, para el farol o la estufa, en invierno.

Inmediatamente que la saludaba, al llegar me dirigía a donde estaba el tanque de doscientos litros, afuera del salón, bajo un techo, para evitar la contaminación en caso de derrame.

Luego que tenía varios casilleros completos, entre las dos los llevábamos hasta dentro del salón. Trataba de ser cuidadosa para no ensuciarme demasiado. A pesar de que no usaba guantes, nadie supo jamás, que era parte de mi ocupación.  Cuando finalizaba esta ingrata tarea, lavaba muy bien mis manos y me ponía una pasta hecha con azúcar aceite y limón, con la que desaparecía el olor, además de agregarle brillo a la piel.

Hoy me pregunto, ¿qué jovencita estaría dispuesta a realizar esta tarea?

La respuesta es una. Nadie, porque ya no se utiliza este combustible para esos usos, salvo excepciones.

¡Seguro que lo considerarían algo bastante sucio y muy poco grato!

¡Qué orgullosa me sentía cuando, haciendo uso de mis ahorros, me compraba alguna prenda de vestir o el pasaje para viajar en las vacaciones!

Verdaderamente creo que esa oportunidad de trabajar en la más temprana adolescencia, mientras estudiaba, me dio la verdadera magnitud que tiene el trabajo, como valor que dignifica al ser humano. Valor que rescaté, indudablemente de mis mayores, padres, abuelos, tíos, de “la madrina”, de sus hijos y de Doña “China”.

Cada año que pasaba más me alejaba de la casa, donde recibiera tantas emociones y sensaciones.

Con la adultez, las responsabilidades laborales y mi propia familia, fueron imposibilitándome para visitarla con frecuencia. Lo hacía esporádicamente, y en cada una de las visitas, la encontraba menos activa y más callada.

Cuando percibí el deterioro físico y emocional de “la madrina”, algo dentro de mí, también se quebró. La enfermedad la iba atrapando, lentamente, aunque de manera progresiva.

Primero fueron leves temblores que le impedían utilizar correctamente sus manos. Luego, las piernas no la llevaban donde quería, ni le permitían mantenerse de pie. La angustia hacía presa de ella, hijos y nietos la acompañaban y trataban de ayudarla. Las lágrimas surcaban el rostro, la impotencia le ganaba. Llegó el momento, en el que ya no pudo estar sola. Al visitarla, la encontraba con personas extrañas, que se “ocupaban” de ella. Me hablaba en susurro, con palabras casi ininteligibles. Regresaba a mi casa, apesadumbrada.

Llegó el momento en que la dependencia fue total, requería de varias personas. Debió ser llevada a un hogar de ancianos. Imaginaba su dolor, no sabía exactamente la gravedad de la enfermedad.

Fui a visitarla y apenas me reconoció, sonreía, quería hablarme, pero su voz apenas se escuchaba, no sabía a qué se debía, ¿sería que no quería que la escucharan?, ¿sería la enfermedad que se lo impedía?

Me sentía impotente, ¿pero qué podía hacer? ¿Remordimientos? ¿Dolor? En esas circunstancias la vida le llevó a otro de sus hijos, al más compañero, su compinche. ¿Cómo pudo soportar la noticia?

Una y otra vez la recuerdo viviendo plenamente y yo junto a ella, ¿qué puedo hacer para aliviar su dolor? ¿Cómo hacer para que sus ojos vuelvan a brillar? Me dicen que no se da cuenta de lo que ha ocurrido. ¡No creo que sea así! Quizás, se pierda en el subconsciente, para poderlo resistir.

Quizás se imagine viajando al encuentro de los hijos.

Vuelvo a visitarla, está cada vez peor. La mirada casi ausente, no se inmutó ante mi presencia ni la de mis hijas a las que tanto gustaba ver.

Sentada frente a ella tomo sus manos, que no me responden, la mirada perdida y su rostro inmutable me confirman que ya es tarde. Tal vez su espíritu ya no nos pertenezca.

Le pregunto a la enfermera si hablaba y me dice que no. Converso con la dueña de casa, que dispone que debe acostarla, porque estuvo mucho tiempo sentada. Pienso: no puede ser “mi madrina”, la “Ugenia” de los chiquilines del barrio, la Eugenia que reía feliz con los cuentos que le hacían sus hermanas; la “abuela” de sus nietos y por extensión a la de los hijos de las vecinas, la “mama” del hijo que llegaba siempre requiriéndola a gritos, o haciéndole saber que llegaba, “mi madrina” que inventó una carrera con caracoles para entretenerme aquella tarde después de la lluvia.

He aprendido que existen personas que como ella, construyen sus vidas de tal manera, que cuando dejan de estar físicamente, quedan en el recuerdo de los demás que los conocieron y con los que compartieron su existencia.

Así como los héroes no lo son, hasta mucho tiempo después que se valorizan sus obras y se los inmortaliza en el busto; esas personas, transcurren la vida, sin pensar, ni sospechar, que están labrando el camino a la inmortalidad.

Quizás una de las principales diferencias que existen entre los humanos, radique, entre el haber estado en contacto con estos seres y el no haberlo estado.

La posibilidad de contar con alguien a quien “mirar”, aún después de no tenerlo, facilita la gestión de la vida, porque iluminan el camino con su ejemplo, tal cual un faro de luz.

Poco tiempo después, abandonó el camino terrenal, y voló junto a sus seres queridos, convirtiéndose para mí, como para otros a los que amó desinteresadamente, en un ser de luz.      FIN