El vacío después de Ana María Moix

La poesía está repleta de voces y cuando algunas se marchan, nos quedan otras. Pero ocurre que cuando las voces que nos dejan son imprescindibles y auténticas el hueco es más profundo. La muerte de Ana María Moix (la nena tímida) no solo viste de tristeza la poesía sino que le imprime un vacío que será imposible llenar.

Los divinos que no son gauchos

En estos días ha vuelto a nuestros oídos el nombre de Gauche Divine; esa izquierda divina intelectual que llenó de buenos artistas las letras españolas, principalmente en la Barcelona de los años setenta. Entre los nombres más conocidos figuran el de Joan de Sagarra (acuñó el nombre en el periódico Tele/eXprés en 1969), Félix de Azúa, Terenci Moix, Jaime Gil de Biedma y Rosa Regàs. Pero ahora ha vuelto a nuestros oídos por otra persona, Ana María Moix, la poeta que acaba de dejarnos, empapando de llanto la poesía. Debo reconocer que no puedo negar mi admiración por esa generación divina a la que le debemos tanto, incluida Ana María.

Ana María Moix nació en Barcelona en 1947 y falleció hace apenas unos días en esa misma ciudad. Cuando comenzó a acercarse al ambiente de las letras la llamaban “la nena”: era la pequeñita que se alimentaba de las interesantes conversaciones de un grupo de personas incomparables. Ser la pequeña tenía entonces sus ventajas; aunque en los últimos años, Moix comprendio que las ventajas se pagan con el tiempo, cuando se vio perdida en un mundo en el que ya no era la nena y donde sus amigos mayores iban desapareciendo (Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Carmen Martín Gaite, su propio hermano). Solía decir que cada vez le quedaban menos nombres: Ana María Matute y José María Castellet, para su suerte.

A Ana María Moix se la distinguió durante años por llevar siempre un cigarrillo entre los dedos. Pero desde hacía un tiempo sus dedos flotaban solitarios en el ambiente: su lucha contra el cáncer la obligó a renunciar a aquel vicio distintivo, si pudiera existir tal ironía.

El vacío después de Ana María Moix

Ana María y Terrenci

Quizás el talento esté relacionado con cuánto se sufre (la vida te da algo pero te quita otra cosa) o a lo mejor sucede a la inversa (como algunas personas sufren tanto buscan romper con todo ese dolor y se enfrascan en la tarea de mejorar, de superarse a sí mismas como no han sabido superar otras cosas), o puede que solo sean ocurrencias mías y que haya muchos autores talentosos que han tenido vidas tranquilas y apacibles… En el caso de Moix no hubo una vida de flores y, sí, me atrevo a decir, muchísimo talento y trabajo.

Las dificultades con las que debió enfrentarse desde pequeña la golpearon, y buscó refugió en la literatura: sus padres, dos individuos bastante lejanos y su hermano Miguel, que era mayor que ella y había nacido con espina bífida, fueron condicionantes fuertes para que ella y Terenci se volcaran por las letras. Su madre estaba frustrada (era muy inteligente, según Moix) su padre era un hombre que llevaba los celos al extremo (llegó a buscar el divorcio varias decenas de veces). La relación con ambos fue dificultosa. Cabe mencionar que su padre no quería que Ana María se volcara por la literatura. No obstante, ella escribió; pero él no se enteró hasta que su nombre apareció en los periódicos.

De pequeña era tímida y se sentía tan rara en el mundo que ni siquiera tuvo la fortaleza de valorar su propio arte: siempre entregada a los otros, como si su misión hubiera sido la de desvelar a otras voces y nunca preocuparse de sí misma. Se la conoce por sus retratos a Vargas Llosa, a Cortázar, a Azorín y a su hermano Terenci; no obstante, Moix escribía desde los 12 años y sus letras fueron realmente auténticas y reveladoras.

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Ana María Moix: la nena rebelde

Una justiciera con manos de poetisa: eso distinguía a Moix de las demás, su capacidad para poner en palabras la rebeldía y darle un peso a la existencia digno de ser aplaudido. Al leerla no puedes mantenerte indiferente, sus palabras te atrapan y te comprometen.

En una entrevista de Juan Cruz Ruiz, él dijo que Moix era de una naturaleza infrecuente. Coincido completamente. Pocos autores han tenido la valentía de poner en palabra las verdades y hacerlo de la forma directa y poco matizada de Moix. No obstante, quizás lo que la volvió todavía más infrecuente fue su invisibilidad: escondida de las luces, de la gente… y apareciendo para mostrar el talento de otros.  Así, durante años estuvo enfrascada en la tarea de demostrar que Terenci Moix era mucho más que un editor. E hizo lo mismo para festejar el buen hacer de otros.

Siempre he sido fetichista. De pequeña conservaba carpetas llenas de recortes de aquellos temas que me interesaban; en los últimos años mi fetichismo se ha vuelto digital. Observando mis recortes sobre Moix, me encontré con uno en el que figuraba una anécdota muy especial. Aquí se los transcribo para que juntos vayamos al encuentro de esta persona entrañable que nos ha dejado mudos:

Siempre preocupada por su tiempo, renegando de haber nacido en una familia burguesa, Moix publicó en 2011 unas memorias alucinantes en “Manifiesto personal”. En ese libro nos encontramos con una Moix directa, dura, apocalíptica quejándose de las decisiones políticas que llevaron a la severa crisis que atravesamos… Una crisis que fue gestándose en el caldo de cultivo de la sociedad y que lleva germinando desde hace más de 30 años, según Moix. También hace hincapié en la pérdida de los valores fundamentales, de la solidaridad y, sobre todo, del trato con los demás que son para ella las causas fundamentales de esta democracia anémica en que vivimos.

Sus palabras, nunca dulcificadas por lo políticamente correcto, denunciaban los abusos de poder y calificaban de lamentable el hecho de que “el señor de la calculadora” hubiera ocupado los despachos de todas las instituciones (editoriales, museos, teatros, todos convertidos en espacios comerciales). Nos queda su rebeldía para seguir luchando contra esas injusticias.

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Escribir en primera persona

Escribir en primera persona es difícil, sobre todo cuando esa perspectiva te exige escribir desde la propia identidad; así lo manifestó Ana María Moix, que tardó en poner en palabras su historia y que ni siquiera llegó a darse la importancia que merecía. Supongo que le faltó una hermana menor.

El vértigo a sus memorias dejaba en evidencia su temor ante la muerte; por suerte la compañía de su familia: su Rosa, sus Martín y Borja, le permitieron salvaguardar varios años de dolor y de oscuridad. A través de ellos pudo mantener en vilo el pulso por la vida y despedirse lentamente. Aunque todavía no me creo que ya no esté.

Quiero terminar con una frase de Ana María, a propósito de la escritura de sus memorias y de esa imposibilidad de mostrarse que la distinguió tanto. Dijo que estaba intentando ser ella misma, retratando un personaje que nunca fue, “que soy yo misma“, enfatizó.

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