Hay despedidas que no tienen vuelta atrás. Por más que hagamos lo imposible para que exista el reencuentro, éste no se producirá, al menos en esta vida. La muerte sigue siendo infranqueable e inevitable. Por eso, este tipo de despedidas que marcan el abandono del mundo terrenal funcionan como una suerte de catarsis, ante la necesidad de poner en manifiesto nuestros sentimientos.

Poemas de despedidaOtras despedidas son temporales, o al menos pueden llegar a serlo. Alguien que emprende un viaje se despide. Lo mismo hace aquel que se marcha de un empleo, por ejemplo.

Y tenemos también las despedidas amorosas, que marcan el punto final de una relación. En el mejor de los casos, serán despedidas amistosas, que respetan el pasado. En otras ocasiones, aparecen las despedidas violentas o llenas de odio, donde los reproches y el desprecio ganan la partida. Y que decir de las despedidas que no son tales, sino que funcionan como un “hasta pronto” aunque ninguno de los dos lo sepa.

Si revisamos la historia de la poesía, encontraremos que existen numerosos poemas de despedida. A veces, es más fácil decir las cosas por medio de una carta o de un texto que en persona.

A punto de morir,
vuelvo para decirte no sé qué
de las horas felices.
Contra la corriente.

(fragmento de “Despedida”, de Gabriel Zaid)

Con los ojos de la despedida,
la vida parecía
una cosa perdida.

(fragmento de “Adiós”, de Alaíde Foppa)

Si muero,
dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo).
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento).
¡Si muero,
dejad el balcón abierto!
(“Despedida” de Federico García Lorca)

El reloj, en mi muñeca,
dice que son las cinco de la tarde.
La hora de los adioses,
la hora en que la misma tarde
agita nubecillas en despedida.

(fragmento de “Despedida”, de Jorge Debravo)