Mano y PataNo es tan fácil dar con la compañía adecuada. ¿Ud. se imagina sentado frente a alguien que te habla todo el tiempo y lo deja, literalmente, mudo?

Hay personas que saben hacer presencia, pues aportan a la relación amistosa la cuota de comprensión que todos necesitamos en nuestras vidas.

De por ahí, una excelente compañía resulta ser la mascota de la casa. O sea, el perro.

Yo suelo hablar, de cuando en cuando, con mi perra. Le miro a los ojos, traigo a mi corazón la significancia de sus ojitos entornados y su lengua afuera, y siento –¡cómo no !– que ella me da un afecto completo, incondicional.

Para las personas que no comprenden del todo el amor que muchos seres humanos profesamos por los perros, cuanto vengo diciendo puede parecer desmesurado. O demasiado fantasioso. El caso es que ella y yo somos buenas amigas. Hay un entendimiento entre ambas que supera la falta de palabras.

Tener alguien con quien hablar a fondo es siempre una prioridad.

Muchas personas sufren la soledad en carne propia. Se muerden las palabras. Quisieran abrir su corazón, dejar que fluyan las aguas de sus vidas, contar los líos de su cabeza, detallar sus proyectos, poner sobre la mesa sus problemas diarios. Pero no. Resulta que la persona que tienen al lado está encerrada en su egoísmo y sus límites de comprensión son pocos, por no decir nulos.

Pero también resulta que uno mismo a veces se ahoga en su silencio debido a su incapacidad para abrir las ventanas del alma. Es bueno charlar, contar las cosas que lastiman, expulsar toda la bilis.

Lo elemental (desde luego) es saber a quién decir las cosas de nuestra cotidianeidad.

Es elemental que la persona que nos escucha, aunque no esté en condiciones de darnos el consejo adecuado (después de todo, muchos consejos son de dudosa calidad), siga el curso de nuestra confesión y nos sostenga con palabras sinceras y amables. Cuántas veces (cualquiera lo sabe) la gente va a parar en el consultorio de un sicólogo o de un psiquiatra porque no ha encontrado respuestas concretas, ni sensibilidad, en su prójimo. La verdadera salud pasa por sacar de adentro todo aquel depósito de sentimientos llorosos, culposos y angustiosos.

La gente no tiene tiempo para nada, pero debería empezar a tomar las cosas con calma y buscar la compañía de un amigo idóneo a quien decirle la causa de su malestar anímico y moral.

Ayer, por no sé ya qué razón, estaba ligeramente triste. Y me puse a contarle mi tristeza a Pelusa, mi perra. Ella, moviendo levemente la cola, me lamía las manos. Me hacía llegar su comprensión y su querencia a través de un sentimiento impensable. Cuánto cariño encontré en esa bestia pequeñita y peluda.

Desperecémonos. Destapemos nuestros secretos ante los seres humanos que son capaces de escucharnos en toda la dimensión de la palabra. Medicina para el alma es hablar.

El remedio para muchos males se encuentra en la confesión sincera. Y confesarse es limpiar el alma de basuras, de temores, de dolores, de angustias y hasta de traumas.

La charla tiene el carácter de una disciplina mental que mantiene nuestro ánimo en calma. Tratemos de vivir, siempre que sea posible, en buena compañía.

Escrito por Delfina Acosta en el Suplemento Cultural del diario ABC (Paraguay)

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