¿Quiere leer un cuento de amor? Yo sé una historia…
Él vivía en una inmaculada soledad. El techo de su casa, limpio de telarañas, el piso azulado bien pulido, los muebles sin un parpadeo, sin una pizca de polvo, los espejos mostrando con fidelidad la figura del gato acostado sobre el sofá, la santarrita metiéndose, con todo su colorido y la luz del sol, entre las rejas de las dos ventanas del dormitorio.

Pero aquella soledad, Dios mío. Aquellos días áridos, repetidos, iguales en su humedad o en su llovizna.

Solo la rutina salvadora de pintar rostros de mujeres en el lienzo, que luego vendía en algunos centros comerciales, era la nota mayor.

Al atardecer, toda la noche se le venía encima, con sus estrellas llorosas.

El viento delgado y frío lo obligaba a cubrirse con dos sábanas. Qué vida.

A veces escuchaba alguna música. Y la voz decía claramente: “Cae la llovizna; cae la lluvia en mi corazón y no estás tú”.
Él supo lo que era el amor cuando se enamoró de Adelaida, una mujer como de cuarenta años, de ojos grandes y melancólicos.

Luego la perdió como la encontró, en una esquina. Son esas cosas del corazón que nadie termina de entender: al iniciar el noviazgo se amaban, se juraban entre besos que nada los separaría. Pero no sirvió tanto juramento sobre el pasto, bajo los pinos silbadores. La cosa se fue desgastando.

El, desesperado, quiso malcriarla con ositos de peluches y perfumes caros. Ella llegaba a las citas tarde y, para colmo, distraída.

Un día Aníbal se levantó animado. No sabía por qué estaba contento. Pero le gustaba esa sensación de alegría. “Me echaría a volar sobre la ciudad”, pensó, y buscó en sus bolsillos, mientras caminaba por las calles, su encendedor. Prendió el cigarrillo y la vio.

Tenía no sé qué aire de soledad. Y una distinción, una elegancia en su tristeza, que la hacía bella así como rara.

Le intrigó su largo vestido negro.

“Acaso es una mujer viuda. Tal vez se le murió un hijo. Pero esos ojos tan tristes y tan bellos no parecen, no pueden ser de este mundo”, pensó. Y se acercó a ella. Es decir, arrimó su alegría, su inexplicable entusiasmo mañanero, al humor de aquella mujer desconocida, hermosa y tristona.

-El tiempo está hermoso- le dijo.

-Sí. Pero acabará lloviendo- contestó ella.

-Pues si llueve, será un favor para las plantas, para la vida -se le ocurrió decir a él, para darse cuenta, de inmediato, que sus palabras eran propias de una comadre de la vecindad.

-No quiero que llueva. Pero lloverá. Ya no hay pájaros en los árboles.

-Las nubes son pocas.

-Son muchas y grises -insistió ella.

-Vamos a tomar un café y hablaremos sobre el clima -decidió Aníbal.

Y se fueron a tomar un café. Y ambos supieron que los dos estaban solos. Muy solos en la vida. Y una música venía de lejos, de la calle, para posarse como un pájaro azul sobre sus miradas.

No dijeron muchas cosas sobre sus existencias. Prefirieron oír aquella voz hermosa que cantaba así: “Te quiero, nena, te necesito”.

Se estaban enamorando. Ocurre. El enamoramiento, digo. Siempre creí en el amor a primera vista.

Mientras la música giraba en el bar y la gente, en la calle, corría a buscar un techo porque empezaban a caer grandes goterones de lluvia, ellos se tomaron fuertemente de las manos.

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