La muerte de la LunaLa luna muere en la noche. Su agonía es larga, teñida de rojo y de bronce, mientras la niebla la va cubriendo poco a poco sin dejar ningún rastro de luz. Sus rayos mortecinos iluminan desganados los pesares del mundo. Gime de dolor, como una mujer preñada y llora todas las noches desde el resplandor blanco del cielo. Agoniza silenciosa y solitaria añorando el aullido de su loba, el suspiro de las almas. Noche tras noche muere en el firmamento, agonía eterna, terrible y dolorosa. ¿Quién soportaría morir durante milenios?
El nuevo día llega y con él llega la muerte. El sol afina su guadaña y viola el espacio íntimo y callado, donde sólo se escucha la música de las estrellas. El sol ensombrece la niebla hermana, surge soberbio también para morir entre las fauces de la noche. El sol, querida luna, también muere, también agoniza en escarlata de sangre.
Transcurren los días y las noches y tú, eterna amante de la luz, admiras desde lejos su resplandor y su lujuria, altiva como una mujer enamorada.
Conoces a todos los espectros, a todos los fantasmas que pueblan nuestros sueños. Estos seres fantasiosos te cuentan entre risas nuestros horribles despertares, las expresiones sombrías, las lágrimas que pueblan nuestros ojos, el espanto sin nombre del miedo, de ese horror que producen en las mentes insanas.
Dime luna, ¿qué podrías contarme del payaso horrendo de maquillaje blanco y gran sombrero? ¿Y de los monstruos que viven en mi casa? ¿Quién es ese ser que me persigue y no consigo recordar? ¿Qué sabes tú de tiburones, serpientes y ratones? No quiero oír tu respuesta, no ahora, cuando intento imaginar tu soledad y tu dolor que me recuerdan a los míos.
A veces me parece que estás muerta. Muerta y admirada. Muerta y halagada. Muerta e inmortal en versos y en canciones, muerta e invocada por corazones románticos, muerta y desterrada al infinito infierno del vacío.
El mar te rinde pleitesía con sus olas, tu ciclo altera las cosechas y determina el fluido menstrual. Luna, mujer que sangra en el rojo del amanecer, luna muerta ante mis ojos vacíos, que quieren y que temen ver.
¿Qué conoces de esos seres que crea la imaginación humana? Pululan en la noche, libres de deberes y de normas, para ellos todo es posible. Surgen de las mentes enfermizas, de las pobres mentes humanas y bailan con frenético frenesí en homenaje a la Reina de las Hadas. Bailan y se ríen de la culpa y el temor. No hay temor ni culpa, sólo el baile y la adoración de tu palidez traidora, la risa de tus fauces abiertas para cobijarlos en tu seno en la pesadilla de la noche. Espectros de la madrugada, seres infames que también son parte de mí y me recuerdan qué y quién soy.
Y tú, conocedora de mis miedos más íntimos, de secretos inaccesibles hasta para mí misma, contemplas mis templos derruidos y mis jardines selváticos con ojos de leona desenfrenada, tigresa noctámbula y festiva.
No eres mi amiga y sin embargo conoces mis amores, no eres mi amiga y mi llanto resuena en tus oídos, el llanto silencioso que no gime, que no grita, que no lastima los oídos humanos, el llanto de granito que queda en el pecho desgarrado por el silencio.
Con el día nace el olvido, con el día nace el dolor mientras descansas ante mis ojos.
Dime luna, ¿Cómo has hechizado a toros y a licántropos? Verían en ti la sangre como yo la veo. Quizá tu hechizo alcance a las fieras y a los monstruos, a aquellos que dedicaron su vida al Mal, a las brujas y a los demonios.
Luna, ¿por qué naces cada noche para agonizar después entre lágrimas de sangre, siempre vencida por el sufrimiento, vencida siempre por el día, ingrato y desconsiderado como todo buen hijo?. Seré yo también ese monstruo, uno más de los que pueblan mis sueños ¿Querré ser ese monstruo para poder ver vida en tu pecho sin leche, en tus ingles sin sangre?
Ese monstruo nacido de tus entrañas secas, ese placer nacido de una vagina seca, de un útero vacío, de una matriz castradora. Ese monstruo dejado a la intemperie, burlado y escarnecido que suplica amor con los ojos bestiales y la sonrisa torcida, que turba a los demás humanos con su presencia incómoda y horripilante.
Luna sin alma, mujer maléfica. Alumbran tus rayos al demonio lujurioso, al demonio soberbio y violento que quiere renacer por unas horas, el que se introduce en mí en las horas estériles, en las horas de supuesto descanso, como anticipo de la muerte que llevas impresa en tus ojos. Agonizas todas las noches a la espera de la llegada del fin de los tiempos, majestuosa consorte del Diablo, majestuosa novicia del Infierno.
Luna, tú sabes, tú conoces. ¿Por qué esperas la llegada de la hora lúgubre? ¿Por qué esperas la salida de la luz?.
Disfrutas con la presencia de los espíritus torturados, ellos también son tus camaradas. Por eso los espectros nacen con la noche, tú los iluminas y los amparas, pobres seres condenados al eterno viajar nómada.
Dime mujer muerta, si esperas conocer el orgasmo maligno de unas nupcias bestiales. Esperas que llegue el día en que la gran oscuridad se establezca con la derrota del sol, tu secreto enamorado, por el cual revive tu maltrecho corazón, en un reinado en el cual Bien y Mal se confundan, sin sentido alguno, reinado de hadas y de brujas, de sátiros y de ninfas, de sirenas y tritones, de espíritus torturados y de monstruos, nuestros propios monstruos nacidos de la noche.
Luna, luna blanca, llena, madre muerta, mujer mágica, como una adolescente primorosa te preparas para mostrarte pletórica en tu belleza por pocos días, para volver a desaparecer ante la atónita mirada de los lobos.
Tú que conoces mis amores y mis penas, dame una respuesta. ¿Por qué mueres en el amanecer y nos traes el olvido y el dolor con la llegada del nuevo día? ¿Por que cumples con tu ciclo, por qué agonizas entre fluidos vaporosos?
Mensajera del espacio, de más allá de toda condición, de toda materia, de todo conocimiento, Reina del Impulso, dime: ¿Estás tan muerta cómo yo te siento?

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