La hora diecisieteCuando el golpe del tas se repetía, y en medio del calor de la fragua, el pasado regresaba a tomar su lugar, Hipólito soltaba anatemas desde el hoyo de la hamaca. Pensaba en su padre: murió de manera muy extraña; nadie supo explicarse cómo. Era un hombre de una salud y fortaleza física incomparables. Que él o su madre recordaran, nunca había estado enfermo. Vendía libros y vituallas; libros, entre los que llegó a tener algunos muy raros, como aquel que pareció frisarle la yema de los dedos cuando finalmente lo depositó en el cajón en que su madre lo encerraría hasta casi olvidarlo después de la muerte del viejo.

Le había prometido una sorpresa en vísperas de su cumpleaños. Cerca de la mayoría de edad se piensa en un regalo importante y su padre siempre le pareció hombre de cosas importantes; sin embargo él, era un joven de poco temple y malo para los negocios. Temía el momento en que su padre lo pusiera al frente del kiosco. No le gustaba la idea de vender libros raros, vituallas o telas para sastres, y por ello entró en la biblioteca, más que nada, impulsado por la curiosidad, pero quedó pasmado ante el descubrimiento atroz.

El hombre de quien esperaba una sorpresa se la daría, pero muy diferente. Su padre estaba sentado frente al escritorio, rígido, con los ojos desmesuradamente abiertos. La chaqueta pendía del colgador, balanceándose como ahorcado alentada por la brisa estival que se colaba por la ventana abierta y se complacía, enfurecido fantasma, en diseminar algunas facturas manuscritas del negocio, en torno al lúgubre escenario.

Hipólito se apresuró a tocarlo pensando que por algún desconocido motivo, su padre se hallaba inconsciente, tal vez el calor…, pero se quedó pasmado; el cuerpo, extremadamente frío, crispaba una mano sobre el reloj del abuelo detenido en la hora diecisiete. La otra mano colgaba del brazo estirado, como señalando al suelo en el cual yacía el libro abierto, que debió caérsele en el momento que lo sorprendiera la muerte.

El muchacho pudo observar asombrado, diminutas esquirlas en los dedos del cadáver; una escarcha finísima que comenzó a disiparse a su contacto…

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Pasaron años en los que Hipólito no se ocupó de abrir aquel arcón que terminó olvidado en un rincón de la casa. Esa tarde, en presencia de un tiempo similar a aquel en que encontrara el cadáver de su padre, se removía en la hamaca sin poder conciliar el sueño. Odiaba el maldito golpear del tas de la herrería. Ahora el nieto de Anselmo también se complacía en aporrearlo como en los viejos tiempos lo hiciera su abuelo, luego el padre y mañana; mañana la vida seguiría repitiéndolos como a demonios…

Hipólito también era producto de una repetición; de una muy extraña, en la que no había reparado, ni repararía hasta que el propio tiempo, con su reloj afilado, se lo dejara saber sin remedio. El alcohol y el desaseo lo hacían lucir irremediablemente mustio; no obstante, pensó en el libro. Quiso buscarlo y salió de la hamaca frotándose los ojos. Sus primeros pasos fueron de beodo; luego se recuperó al llegar al desván desmantelado por el tiempo. Recordó las ocasiones en que los trastos contenidos en aquel lugar le sirvieron para venderlos y sacar unos pesos para comprar licor. Beber era lo único que lo separaba del pasado, del horrendo descubrimiento del cadáver de su padre, de su falta de aplomo y su poco temple para llevar la vida, y también, del dichoso aporreo del tas cuando por las tardes, llegaba hecho un mamarracho de ganarse malamente el sustento en aquel miserable kiosco que había sido de su padre.

Abrió el arcón y rebuscó entre folios amarillos. Un ligero temblor lo hizo reconocer aquel, en que tal vez hubiese estado aguardando por años, la clave de la muerte de su padre. El temblor comenzó a crecer, y una frialdad casi glacial se le metió en los huesos a pesar de los vapores de la tarde aún presentes y el aporreo del tas, ahora más lejano, pero siempre evocador del infierno de la fragua. Recordó la escarcha iridiscente en los dedos de su padre la tarde de la tragedia. Buscó la luz de la aspillera y abrió el libro al azar. Comenzó a leer:

“El final no llegó de ninguna de las formas previstas por sus médicos”…

Pensó que él también era un hombre fuerte y sano. El alcohol había hecho mella un tanto repugnante en su apariencia, pero conservaba bueno el hígado y el corazón. Tampoco había sufrido de enfermedad alguna en el transcurso de su vida y hasta ahora, aunque siendo muy joven se había expuesto a algunos peligros, siempre logró escapar a la muerte.

Regresó a la hamaca. Caminaba despacio con el libro abierto, sorteando los objetos que salieron a su paso. Volvió a sumergirse en el sopor de la tarde, en el tiempo de los tiempos, agobiado por las visiones que de repente se le hicieron como nuevas. Se hundió de nuevo en la hamaca, abriendo el libro en una nueva página:

“todo hálito de vida quedó congelado en un incomprensible fenómeno, en donde cada raíz, cada piedra, cada pájaro, quedaron reducidos a una posición originaria”…

Su chaqueta pendía de un nudo en el extremo superior de la soga que sostenía la hamaca; se balanceaba lentamente, pendularmente, como un miserable ahorcado en lo alto del patíbulo. La tomó de lo alto, y con gesto distraído, extrajo del bolsillo el diminuto reloj que había pertenecido a su abuelo, luego a su padre, y ahora mientras que volvía la vista al texto equivocando el renglón, por primera vez se daba cuenta que aquel reloj era completamente suyo…

“…el frío, cada vez más intenso, paralizó sus corazones…”

Movió los ojos a la altura del reloj, lo pasó por sobre las páginas del libro abierto y lo colocó delante de sus narices para deleitarse, una vez más, con la belleza y la precisión reunidas en aquella pieza perfecta. ¡Las cinco de la tarde!, ese maldito forjador estaba a punto de dar su último hierrazo.

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A pesar del calor, Hipólito sentía frío, un frío que lo calaba hasta los huesos y lo obligaba a permanecer enrollado en la hamaca. Le costó gran esfuerzo relocalizar el párrafo, pero lo consiguió al fin, aunque los golpes en la fragua herían sus tímpanos como una nueva desgracia. Estiró el brazo fuera de la hamaca para alcanzar su chaqueta y se la tiró por encima del pecho. Pensó de nuevo en su padre. Después de aquel espantoso y extraño suceso, supo que ya no sería el mismo… El golpe del tas medía las líneas, las cortaba como una descarga eléctrica fragmenta el cielo.

“El hombre puede caer en cuenta del arribo del fin si descifra el mensaje de su propia naturaleza”…

De nuevo, echó un vistazo al reloj. Comprobó, con gran sobresalto, que la máquina se había detenido en las cinco de la tarde. Una frialdad inmensa, casi glacial, pareció penetrarlo hasta las vísceras. Sintió la increíble necesidad de escuchar los martillazos del herrero, de aspirar los escapes del calor de la fragua, pero todo era silencio y su cuerpo, se helaba sin remedio.

Con gran esfuerzo consultó nuevamente en vano la esfera detenida en las cinco en punto, y lentamente, como en medio de una espantosa niebla que le robase la visión, hizo acopio de todo el esfuerzo y concentración que pudo y leyó las últimas líneas de su vida:

“Todos los relojes quedaron detenidos en la hora diecisiete.”

Maria Eugenia Caseiro
buhowriter@hotmail.com
Miami, Florida, Estados Unidos
Dec. 2004

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