Astrolabio sieteMe gustan los pueblos que tienen en sus entrañas la inquietud del ajetreo diario. Me gustan los pueblos poblados de silencio y olvido. Pueblos que encienden lámparas de bálsamo. Pueblos que se abren a contraluz. La única luz que los prologa es la campana: Cascabelea en su propio respiro hasta perderse en pequeños abanicos etéreos. Así son San Ignacio, La Palma y montañas de titubeante caligrafía.

En estos pinares de pájaros el aire que se respira lo envuelve a uno con sus manos de misterio. Las lámparas del verde llenan de completa emoción el hálito sublime del sol que acaricia los pórticos de la boca con la policromía rebelde de los ojos.

De noche puede oírse, todavía, la guitarra del río. El paraje como el alma se visten con la fuerza melancólica de una noche infinita. Hay una fuerza plomiza que cubre las casas. Las sombras en el silencio chocan como transeúntes desorientados. Columnas de neblina como combatientes anónimos van rasgando el follaje de la noche.

Cuando calla el viento, se puede oir la orquesta de los insectos y el titubeo del reloj de puño esmaltado con el sudor aceitoso de la trementina. Los caminos se deslizan suavemente por la mente. Hay, en estos pueblos, esa sensación de lejanía y de uncidos chupamieles. Hay, en estos pueblos, una melancolía entrañable transparentando la severidad de convulsos calendarios…

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