Antología de poemas de Mar-0
Es la voz del mar embravecido
quien se queda en las manos
su chocar violento
y retroceder furioso
una y otra vez
golpe de sangre
avanzando sin freno
hasta el oído
sediento de su eco
Son las noches frías
o el viento de la una
acaso tus besos
quizás simplemente
el abandono
las ganas de no continuar
buscando
el camino que me lleva
al trópico
al mar
al valle de recuerdos marinos
y gigantes pretéritos
es más bien que las huellas
fueron borradas
dispersadas
pudiera
en todo caso ser
que perdí entre túneles y tiros
las ansias de la espera
y no tengo lámpara y carburo
para alumbrar el pozo oscuro
de la vida
A mi amor le creció la espera
amitad de la hipófisis
con temblor convulsivo
y fiebre en las manos
A mi amor le nació un manantial
nazofaríngeo con sabor
de llanto en mis ojos
A mi amor la dejaron sola
de mí esta noche de invierno
y me lanzaron
estupefacto
a la soledad compartida
de esta sala rumoreante
A mi amor la llenaron de ausencia
y me vaciaron de su presencia
pero tengo el beso
y la caricia
y el amor completo
para la mujer que espero
a mitad de esta nada
Se abrieron los labios
los brazos
los cuerpos
y un suspiro
rodó
las pieles
a mitad de la noche
cocuyo
alumbrando los besos
y las caricias
que iban y venían
en las combas
de tu cuerpo
y en el éxtasis de tus ojos
Y la hoja blanca
fue adquiriendo el tono
de tu piel
se volvió voluptuosa
y acariciablemente
amada
florecida en las manos
extasiada en los besos
en las ganas de decir: te amo
con palabras nuevas
llenas del aroma
de los jazmines
y espera anochecida
en el lecho
Recuerdo la distancia
los pasos que se cansan
la piel maltrecha
oradada
mutilada
como silencio sembrado en la garganta
grito dejado en las manos
al partir
al estirar la vista
y buscar el paisaje
y el amor
y saber
siempre saber
que el exilio duele
aturde
y destroza
tanto como el alud de suspiros
con que asfalto la ausencia
... Los ojos vacíos de mi
se revuelven a mitad de la noche
que los invade,
vacios de mi
y del llanto de la espera,
vacios de todo
y de la espera misma;
los ojos que mueren de amor
amando el azul pretérito
del éxtasis marino.
...Los ojos vacíos de mi,
vacíos de la luz tenue
de los cocuyos,
donde se apaga el poema
y sangra el alma
donde se agiganta
el delirio
y tu silencio
es grito que rueda
rebotando en las rocas afiladas de la montaña
Los ojos profundos
llenos de un brillo leonido
la nariz recta, suavemente recta
y la boca sonriente de sueños a mitad de la espera
El encuentro
el hallazgo de las manos
el turbar de las miradas
entre balbuceos y tropiezos
el hallazgo
De nuevo el hallazgo
de nuevo tus ojos
brillando en mi noche
en mi silencio apelmazado
de esperas y ensueños
sonrisa
voz del viento
bajando ciclónica la montaña
Hay cosas de las que es bueno hablar hasta el final, hasta que la tarde nos alcanza porque entonces solo la noche escuchará; la noche, con su inmensidad y su escasa luz, la mejor cómplice que encontramos para hablar y hablar hasta que la boca se seque, hasta que la lengua se retuerza y se vuelva un montón de arena mal acomodada, fácil de arrastrar por el viento, dispersada, sin dejar más huella que el rescoldo que crece lentamente a mitad de los ojos.
Es buena la noche para romper el mundo, desgranarlo poco a poco en tantas partículas que pareciera que se está inventando un nuevo cielo.
Uno nuevo, diferente a ese tachonado de estrellas, lleno de pequeños remolinos de luz que parecen buscar el mejor lugar para arrellanar su sueño de saetas que atraviesan la distancia.
Los sueños, momentos en los que el alma de los hombres se siente invencible, capaz de transponer los límites del universo, de arrancarle caricias al vació y poder llegar en un suspiro al cielo.
Los sueños, esas trampas que la vida tiende en cada rincón del alma para hacer menos dolorosa la agonía de quienes no tienen nada. De los abandonados, los sin casa, los sin tierra, los excluidos y marginados, los amos de las quimeras y esclavos de la nada.
Bálsamo falso que adormece el dolor, las ganas de llorar más no sirve para llegar a la cima, pues a la cima no se llega arrastrando la pesada carga de no ser y no estar, de no contar entre las miles de sonrisas, de nos sonreír a mitad del dolor.
Los sueños… esos anhelos que se han ido postergando, enterrados de desconsuelo y podridos de muerte; llenos de un silencio que se agiganta en las noches y retuerce el alma bañada en su propia sangre…los sueños de todos, los tuyos los míos los de aquellos que se encaramaron en el cerro pensando que de allí las nubes son más reales, más sólidas.
Los mismos que a mitad de los sueños encontraron que no había nubes por las que estar ahí y se sentaron a llorar la desgracia de un cielo lleno de azul perpetuo y soledad soterrada, de ansiedades y suspiros que se rompían furiosos en la ladera norte de la angustia.
Los de aquellos otros que se apostaron en el crucero y entre vidrios y jergas hilvanaron el más bello de los futuros, el mismo que al final del día se ve aterido de frío, atenazado de hambre, dolorido de amor y derramado de tristeza.
Aquellos a los que aún no conozco pero que están temblando de dolor y ganas de llorar, rabiando a mitad de cualquier camino, bajo un mezquite quizás, rechinando los dientes a mitad de la aflicción, de la noche que terca busca las lágrimas perdidas de los hombres.
Los tuyos que se tiñen de desconsuelo a mitad del amor, a mitad de la espera; del horizonte en el que se convierte mi derrota y frustración; la misma que sacude tus mares interiores hasta hacer que se desborden por tus mejillas. Los tuyos… los que pueden más, los que se lastiman en el estrujar manos y otear puertas, los mismos que a mitad de la sonrisa depositaste en mis manos segura de que podría cuidarlos y hacerlos florecer sin arruinarlos.
Los mismos que en muchas noches, tantas ya, a mitad de la noche paseamos con las manos enlazadas, más a la esperanza, más a la ilusión que a la propia vida; los mismos que se están ajando, envejeciendo, macerando, arruinando de espera sin que pueda hacer otra cosa que arremolinar la conciencia y bajar la mirada.
Porque es en la mirada, en su perder brillos y oscurecer atardeceres en donde mejor se encuentra el dolor de la nada, de esta nada que se enreda a la espalda como hiedra que envenena la vida, que la corrompe y la llena de todos aquellos males que quiso curar, que quiso paliar en cada uno de aquellos que no conocí del todo y que siempre extendieron la mano para ser apoyados, ayudados, consolados, reconfortados.
La mirada que en su desviar huidizo esconde el dolor que dejaron las montañas y los caminos andados a fuerza de amor, a fuerza de pensar que la vida tiene al final una luz que descalza corretea ciervos en el sendero de flores marchitas y decoloradas.
La mirada, ayer fuerte, firme; la mirada, dominadora de utopías y constructora de visiones ulteriores en las que el triunfo era el final del camino, reina de anhelos, de esperanzas, de sueños.
La misma que ahora esconde el dolor de todos y llora la ausencia de todos.
Los sueños de los hijos que vuelven el rostro con su sonrisa de placer frente al héroe cotidiano que es el padre, el todopoderoso padre, capaz de tener al mundo en un puño para obsequiarlo con una sonrisa.
Los hijos, esos pequeños sostenes de la moral y las ganas de avanzar, los hijos que esperan siempre, que sonríen y buscan en los bolsillos de la memoria algún recuerdo para deshojarlo a nuestro lado, a los que nos les importa, y no tienen porque, las cosas oscuras, las pesadillas acurrucadas en el pecho.
Hoy amor, tengo que hablar de los sueños, porque no los puedo tener, no los puedo disfrutar como antaño, como las tardes cuando caminábamos juntos hasta el cansancio, contando las estrellas para igualar en número nuestras esperanzas.
Hablar de ellos me deja secos los labios, dolorida la garganta, marchitas las manos, las mismas manos inútiles que con caricias buscan paliar el arder de las heridas que la pobreza deja, que la tonta imaginación no ha sido capaz de curar.
Porque es más difícil curar las heridas nuestras que las de aquellos que desandan el camino.
Porque la noche es así, llena de resquemores, vacía, acicateadora de este llanto en el que no logro ahogar el grito detenido, acallado, dolorido de ti, de tu sufrir silencioso.
Amor, estoy harto de los sueños, porque los sueños lastiman.
Ansiedad creciendo a mitad del pecho y que tiene el aroma acre del olvido.
Es tiempo de decirlo, los sueños tienen el sabor salino de tu llanto callado y mi muerte adelantada.
Los sueños han muerto.
Después de que la tarde, a mitad de su miedo, decide marcharse, lanzarse con los ojos cerrados entre las sombras, suelen pasar cosas inesperadas, impensadas la mayoría de las veces, cosas que luego se refunden en la memoria para no salir, para no espantar los ojos y exprimirlos hasta que se sequen y se queden como la tierra del valle; después que se va la tarde, cuando viene la noche con sus brisas para acariciar cuerpos y edificios de la ciudad adormilada y humedecida.
Fue entonces, lo recuerdo siempre, fue en ese momento que al dar la vuelta miré tus ojos, llenos de algo parecido a la ternura, a las ganas de mirar despacio cada cosa, cada persona y buscar hasta el fondo de su alma algo atenazando los sonidos perdidos a mitad de la noche, lo recuerdo porque no pude evitar mirarlos, tratar de alcanzar hasta su último rincón para encontrar lo que no se lograba ver bien desde donde estaba.
Alguien me dijo tu nombre y sentí alegría, esa misma que se siente cuando se recupera algo que se ha perdido durante mucho tiempo y de pronto se encuentra; la tomé en las manos y la estrujé, la metí de prisa en el bolsillo del silencio para que nadie viera que trataba de escurrirse entre las manos y perderse en el abismo de aquellos ojos nunca vistos y siempre esperados.
Lo hice así porque me han dicho los viejos de la sierra que uno no puede andarse llenando de alegría así de pronto, nomás de repente sin que nadie sepa lo que esta pasando, porque cuando eso sucede todos voltean y te miran espantados y aseguran que no estas bien, que se te cayó de pronto el alma y que jamás la recuperarás, que eso sucede solo cuando los cardones del camino han cercado tu paso y se arremolinan frente a ti para no dejarte seguir, porque hay pasos que molestan la calma de los cardones y los garambullos.
Camino despacio la ciudad y me llevo entre las manos tu saludo distante y el brillar de los ojos, tu nombre atesorado para disfrutarlo despacio, a solas, lejos de las miradas incrédulas, de las risas ajenas porque su ruido pesa a mitad de la garganta y puede provocar que se me pierda de nuevo.
La noche está ahí, quieta, llena de esos brillares que se cuelgan de su vestido y titilan a medida que camina y se aleja de nosotros y de la ciudad y sus lámparas toscas y burdas.
Nunca lo supiste pero siempre espero que con las sombras de la noche aparezca tu sonrisa, como se espera que los arbotantes se enciendan, o los grillos arrullen las últimas luces de la tarde. Nunca lo supiste y supuse que no era importante decirlo.
Aún considero que no debo hacerlo, tendría que explicar porque lo he mostrado a cada árbol de la pequeña sierra; porque lo he cantado de manera incesante noche a noche; porque lo atesoro a pesar de ser un nombre no mío y no se que voy a decir, que voy a hacer, quizá abstraer sobre las voces que se esconden en el alma o los rumores que atestan los caminos de la montaña, o tal vez sobre como los cardones del valle cierran el paso que lastima su calma y su estar quietos entre las tolvaneras que arremolinan las voces perdidas en las sombras.
Aquieto el ruido de los pasos y doy vuelta en la esquina, sigilosa la bruma desciende la montaña para instalarse a mitad de la ciudad, para deslizar despacio su translúcida presencia entre callejones torcidos y paredes raídas por el tiempo, frente a puertas envejecidas de espera y abandono; quietas las casuarinas, quietos pinos y los truenos observan su llegar, lento y parsimonioso lleno de esa extraña humedad que se adhiere a todas partes.
Se humedece tu nombre entre las manos tocado por la bruma de esta noche, igual que ayer, que siempre que espero tu sonrisa en el rellano de la puerta al saludar, al llegar de pronto para instalar tu presencia a mitad de los ojos que ansiosos atisban el sonar de tus pasos a mitad de la avenida.
Como la otra noche en que mis pasos se fueron despacio delante de mí y me dejaron en cualquier esquina, atisbando las estrellas y escuchando el rumor de las hojas, se siguieron embelesados por los callejones de la ciudad y no supe de ellos hasta bien entrada la mañana, cuando ebrios de neblina y humedad entraron a la habitación y se acomodaron placidos en el rincón más oscuro, esperando a que despertara y me los pusiera de nuevo.
Dame un lugar no común de tu estar presente
de tu vagar montañas y contar resquicios
muéstrame el sueño ajado
que resbala en las noches
a mitad de tu frente
dime de las piedras
que has visto rodar en tu entraña
arrastrándose lentas
voluptuosas
llenas de tu estar andando
háblame del bajar ruidoso
de tus pasos entre la montaña
dilo ahora y aquí
por que solo eso permitirá tu regreso
dilo fuerte
con la furia de tu voz rebotando en las cañadas
pero ven a mi mano que te espera
a mitad de esta noche de verano.
Probablemente no lo sepas
me rodea tu silencio
y el poder de tu voz que sometió soledades
no se escucha más entre las cañadas del olvido
solo queda el vestigio de tu huella
y las piedras que cansado de acariciar
abandonaste
cada uno envejece a su manera
y tu decidiste no hacerlo
pero aún el abandono silencioso
de tu paso duele en el alma
¿Qué dejamos aquí sino tu presencia
Tu cristalino apacible floreando soles a mitad de primavera?
el mismo que extrañamos
lo cierto es que despertamos siempre
estirando la mano hasta tu arena
dejándola correr entre las manos
atisbando tu regresar de los océanos
Es la palabra más grande
la más crecida a mitad de los labios
la que nos es necesario pronunciar
para sentirla
palparla
acariciarla
en tu rostro de barro y cielo
en la mano
y en el beso sin retorno
en el sentarse a tu lado
a contemplar los pasos ajenos
las voces distantes
las risas extrañas
que se atascan en los ojos
humedecidos de tu amor
y tu postración.
UNO
La caricia se perdió en la niebla
y nos quedamos solos
no los astros
ni los capulines
Los insomnios
se acurrucan en mi lecho
para cantar tú nombre
de insospechada ausente
llenando una ciudad lejana
desecando la vida
a golpe de lluvia
en el pozo profundo de la garganta
DOS
Me dijiste que volviera
que tomara camino a tus brazos
y mis huellas quedaron atrapadas
en el cielo oscilante de la memoria
camino aún
pegado a los riscos
azotado
golpeado por la lluvia
y te has marchado
a otro mundo
a otro invierno
de hojarascas
sin tiempo
Solo diré de ti
el silencio de tu marea
enamorada
el nocturno
depositar de un beso
en la pálida mejilla lunar
y preguntaré
¿cómo mar
hinchas tu pecho
y amansas tu oleaje?
concitas remembranzas
y conciabulos
para descifrar
tu porfiada actitud
no vuelves los ojos hacia mi
mejor
tomo el tiempo prestado
y procuro
develar
tu misterio en el hueco
de la mano
camino lento la playa
excitante de su cuerpo
el viento roza la frente
y estas ahí
en la mano de todos
mientras asciende
el sol
hasta el cenit
para contemplar silencioso
el vaivén cristalino
de la inquietud